¿Dónde está el suelo de las ciudades futuristas?

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Fritz Lang, Metrópolis, 1927

  El pasado ya ha quedado atrás, imposible de recuperar. El presente convive con nosotros, y por costumbre o inmediatez, no solemos prestarle atención. Pero… ¿y el futuro?

  Los tiempos venideros han sido tema de reflexión para cualquier sujeto racional desde que pisamos el polvo de la tierra, la alfombra verde de los campos y los derivados del petróleo que componen las calzadas. El futuro es un lugar, el cual, pretendemos vislumbrar y desvelar, pues no sabemos ni qué forma tiene, ni si existe el dolor por esos lares, simplemente necesitamos conocerlo, pues a él nos dirigimos impacientes.

  Cada individuo se hace la misma cuestión; se interesa por cuál será su situación de aquí a un determinado espacio temporal. A lo largo de la Historia, el ser humano se ha encontrado ininterrumpidamente en una tesitura de incertidumbre y malestar a causa de esta duda existencial, se obsesiona, se deprime, se esperanza y se reconforta con este enigma.

  La construcción del futuro se hace de una forma abstracta, con la imaginación como herramienta principal. Ésta, funciona como algo muy personal, por lo que los mundos soñados adquieren tantas formas como mentes existen en el planeta.

  El arte ha dado forma a estas lucubraciones, sobre todo en el aspecto de la apariencia de las ciudades; un reflejo de la sociedad apocalíptica que nos espera −o por lo menos, eso es lo que vaticinan−. No sólo las artes gráficas y sus arquitecturas dibujadas describen estas titánicas urbes, en las que los rascacielos luchan entre ellos por ser los primeros en compartir carantoñas con las nubes, pues ha sido el cine la disciplina artística que mayormente ha difundido esta idea centralizada −ya nada personal− del caos urbanístico y la sobrepoblación (distopía).

  La industria fílmica presenta las ciudades futuristas como lúgubres estados dominados por un poder tirano que solo obedece al billete verde, altos dignatarios atraídos por la avaricia, la codicia y expertos en la corrupción. Ellos viven en las alturas, en los impresionantes áticos de unos edificios que se estipulan como agujas de cristal, hierro y hormigón imitando el Chicago de la trepidante y novedosa construcción en vertical del siglo XX. Sus lujosos hábitats ofrecen una vista panorámica de todo cuanto les rodea: los demás rascacielos, publicidad kilométrica en ellos, medios de transporte que surcan el cielo en unas autopistas invisibles, e incluso la luz del sol.

  ¿Y la calle? ¿Dónde están las vías públicas −sin contar las que se encuentran sobre las cabezas y que comunican las moles arquitectónicas− de las ciudades futuristas?

  El suelo ha desaparecido, se ha sustituido por una nebulosa grisácea y nauseabunda que no da muy buena impresión. Todo organismo que viva bajo esa pestilente masa gaseosa no debe ser de fiar, un submundo que representa metafóricamente el pasado de esa sociedad.

  La vida se desarrolla en la superficie, donde, medianamente bien, se puede respirar. La clase acomodada disfruta de los beneficios que le proporciona la tecnología, se arreglan con peinados y vestimentas extravagantes, las mujeres se pintan las uñas con una laca electrónica e instantánea para no perder ni un solo segundo de sus agitadas pero placenteras vidas. Todo marcha según lo concertado, pues la máquina hace su trabajo. Pero esta máquina necesita ser engrasada diariamente, momento, en el cual, entra en juego la figura del obrero.

  Fritz Lang describió visualmente su Metrópolis (1927) bajo estos mismos preceptos. La clase media ha sido borrada del mapa, dividiéndose el estrato social en dos grupos bien diferenciados. Por un lado se encuentra el señorío, que goza del universo paralelo superficial ignorando por completo la realidad, y por otro, el sector proletario, quienes están obligados a cumplir sus jornadas laborales para el provecho del que está por encima.

  Viven en las profundidades, una comunidad despreciada y rechazada por el simple hecho de no poseer un talonario que los libere de la esclavitud. No son visibles para el resto, ahogándose en sus problemas de carácter vital sin que nadie les preste atención. Olvidados y despojados de toda dignidad, intentan sobrevivir bajo el yugo de su amo.

  La única salida es la revuelta popular, una revolución que termine con esta situación de incertidumbre y que permita disipar esa niebla tóxica que los hace imperceptibles. Que desde las alturas sean apreciadas sus manos agitándose en rebeldía en contra de un sistema putrefacto y en descomposición.

  Es condición humana aplastar al inferior, mirarlo por encima de los hombros, hablarle de una forma déspota, y hasta insultarlo o agredirlo si fuera necesario. Todo vale si el objetivo es hacerle callar y no escuchar sus chirriantes lamentos.

  Bloch y Marcuse ya hablaron de la necesidad de poner en contacto lo interno y lo externo del individuo, siendo digno de estudio el camino que se debe recorrer entre estos dos planos. Bloch se plantea la anhelada utopía a partir de la fantasía, Marcuse desde el Eros, con el fin de conformar una sociedad sin represión.

  La artista Mila Garsós critica la situación actual por medio de la distopía, un destino turbador que tiene más que ver con las películas de zombis que con la imagen ideal de un futuro mejor. En su exposición Para todos los públicos −Sala de Arte Cabrera Pinto, La Laguna, Tenerife− plantea una anarquía total en contra de lo establecido. Simula la vida en un campamento improvisado, alejada de la gran ciudad, en la que se concentra la autoridad del poderío estatal. Curiosamente, su urbe infectada por la decadencia de la amoralidad también se separa del suelo, estando las construcciones sobre pilotis en un intento de desvincularse con el pasado, de la tierra que contaminamos con la crueldad. Para su defensa personal, Garsós crea “armas de fuego” con materiales accesibles −madera, plástico y metal−, probadas en una especie de acting antes de la inauguración de la muestra de su trabajo, y que expondrá conjuntamente con equipos de supervivencia.

  Necesitamos volver a ver el suelo, poner las plantas de nuestros pies en él, caminar juntos en un intercambio de ideas sin caer en la imposición. Sucumbiría al idealismo si pensara en la destrucción del valor del dinero y en el retorno a la naturaleza, pues es demasiado tarde para esto. Pero sí veo posible el poder abrir una ventana imaginaria para recoger, de vez en cuando, el aire limpio necesario, volviendo de inmediato a este acuario de pirañas que llamamos mundo. Y con mis pulmones repletos de optimismo, contar a todo el que se me acerque las cosas bellas que vi a través del espejo.

  ¿Quién pudo haber sido el primero en aplicar adjetivos como ínfimo o inferior a los seres dotados con la vida? ¿Qué es una persona “normal”? ¿Cómo debo plantearme el futuro, como utopía o como distopía?

David RafaelNoSanzio

image(4)image(5) yeMilaGarsosMila Garsós, Exposición individual Para todos los públicos, hasta el 31 de octubre, planta alta Sala de Arte Cabrera Pinto, La Laguna, Tenerife

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Esta entrada fue publicada el 22 octubre, 2013 a las 11:00. Se guardó como Arte Contemporáneo, Arte en Canarias, Crítica Artística, Crítica de Arte, Experiencias, nuevos artistas y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

4 pensamientos en “¿Dónde está el suelo de las ciudades futuristas?

  1. Citando a Woody Allen: “Siento mucho interés por mi futuro; es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”, Más, lógicamente prefiero pensar que la creatividad va más allá de continuar añadiendo pisos a los rascacielos, quizá, purificadores de aire, vida en otros planetas, la tierra como una sola Nación, humanos más saludables con terapia genética, dar nueva vida a especies extintas, energía autorrenovable, el re impulso artístico, submundos virtuales sin limites, un mayor dominio de las ciencias y tal vez una que otra inteligencia artificial polemizar. Ese es el futuro que yo elegiría.

  2. Pues tú, has encontrado la belleza en la simpleza, y yo, le he dejado una carta a Santa Claus. Reniego a la demagogia; sin embargo, acumulo millas de sueños que no sé cómo lograr. Tiendo a radicalizar, hoy, es un exceso de optimismo, mañana quién sabe qué vendrá.

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