Los “e-catalogues” de las subastas artísticas; sueño y frustración adulta

  Hoy vamos a hacer un ejercicio de regresión. Me trasladaré a mi infancia, concretamente a estas fechas pre-navideñas. No es que tenga ganas de que arriben estas −para mí− absurdas fiestas, pero las grandes y medianas superficies comerciales ya ofrecen los dulces, polvorones y turrones típicos de la temporada en la misma entrada del negocio, como si fueran lingotes de oro que constituyen un zigurat mesopotámico de materiales modernos, proclamando la llegada del ángel anunciador que destroza nuestros bolsillos y que vaticina la conocida cuesta de enero. Pero volvamos al origen.

  Cuando era niño, recogía con ansia todos los folletos publicitarios de las jugueterías cercanas, para así deleitarme con la amalgama de los coloridos productos que rellenaban sus páginas. Quiero esto, esto, y esto. También esto. Me sentía un afortunado ante semejante banalidad sobre papel, y para colmo, incluían al final un folio en blanco en el que volcar todos mis deseos materiales en forma de epístola −con decoración oriental por defecto−. Escrita en su plenitud, era entregada personalmente a Baltasar en el desfile urbano premonitorio de la gran noche del año, aunque después me trajera un 1% de los codiciados objetos que componían mi pretenciosa redacción, pero pedir era, y es, un gesto habitual de las personas chiquititas de nuestros países occidentales fundamentados en el mercado, donde el capricho y lo innecesario es pan de cada día. Los mayores, obviamente, tampoco nos quedamos atrás.

  Supuestamente, Baltasar era mi Rey Mago. Nunca entendí mi vinculación con ese señor, pero me traía regalos, así que me caía bien el hombre. A veces, visionaba el catálogo con los amigos, jugando a elegir un solo artículo de cada cuartilla; a ver quien tenía mejor ojo para su adjudicación imaginaria. Quizá fueron mis primeros experimentos conscientes en cuanto a proyección mental de lo anhelado. Quién sabe.

  A mis casi 30 años −ya el mes que viene−, he de decir que siento la misma ilusión teniendo en mis manos los muestrarios de producto de las casas de subastas de arte nacionales e internacionales, aunque también padezco la idéntica frustración de aquellas nostálgicas jornadas del pasado, sabiendo que nunca podré tener en mi propiedad tales joyas estéticas de los formatos más variados.

  Tanto las grandes plataformas del mercado del arte −Sotheby´s o Christie´s−, como las que no gozan de tanta difusión y reconocimiento, presentan en sus páginas web oficiales los e-catalogues: una muestra completa de los artículos en venta para las próximas celebraciones de transacción. Un Gauguin estimado en 6-8 millones de dólares, un Chagall y un Kandisnky algo más “económicos”, y esculturas de Giacometti que podrían llegar a los 50,000,000 de billetes que portan la efigie de George Washington.

  En posts anteriores, ya había hecho mención a la situación actual del arte, convertido en mera actividad financiera, un submundo en el que los coleccionistas y curiosos con exceso de capital compran exclusividad para sus vidas, pues tener colgado en el salón de tu casa un Picasso, un Basquiat o un Miró, suponen una elevación del status social, una inversión totalmente segura, pues por mucho que caiga la bolsa mundial, a mayor o menor precio, una obra firmada por esos monstruos de fabricar dinero alcanzaría cifras desorbitadas, capaces de saldar cualquier deuda.

  Aparte de la amoralidad latente, el mercado del arte tiene cuestiones aún más misteriosas, en las cuales, soy todavía un auténtico amateur, pero que me hacen reflexionar sobre determinados aspectos. Por ejemplo; rastreando en internet resultados de subastas, con el fin de elaborar un informe de tasación a partir del método comparativo sobre el informalista Hans Hartung, me ha llamado la atención los precios de remate de magníficas obras de este artista representante de la abstracción gestual y el tachismo. Se venden por más de 100,000 dólares, una cuantía algo a la baja tratándose de un personaje como Hartung.

  Sus pinturas son como latigazos infundidos en el soporte, pero trazados con la mayor delicadeza que puede aplicar la mano de un ser que se deja llevar por la inspiración. Estas marcas no cubren la totalidad de la superficie, sino que aparecen centralizadas, como volátiles plumas de ave que se levantan tímidamente con la brisa. Pero su fuerza de expresión, de querer contarnos algo a través del gesto del artífice, es mucho más potente que otras obras también vendidas en el lote, doblando en cantidad económica a las primeras, siendo del mismo autor, formato, época y técnica. La única diferencia está en las medidas, pero es escasa la desemejanza de centímetros entre los más valorados y los segundos, por lo que es incomprensible que haya tanta distancia en los precios. Lo que los hace más costosos es el método de ataque en cuanto a lo extensivo de la abstracción sobre el lienzo, pues si el blanco del original queda más envuelto por las formas rayadas propias de Hartung, mayor valor de remate alcanzará.

  El consumidor no tiene en cuenta los sentimientos −por muy subjetivos que puedan ser− que nos proporciona la obra de arte. Se adquiere como objeto de culto, para luego ser ignorados, perdidos en los muros perimetrales de los hogares mejor posicionados, rodeados de tantas otras creaciones que simplemente portan la firma del genio.

  Por supuesto que no es justo generalizar, ni en este asunto ni en ninguno de la vida, ya que siempre existirán verdaderos amantes del arte que tratan sus colecciones como a su misma prole, que las muestran sin ánimo de lucro, prestándolas a las galerías y museos que montan las exposiciones.

  ¿Y qué pasa con los nuevos artistas? ¿Tienen que esperar a morirse para ganarse la vida con su trabajo? Es verdad que no es un valor tan seguro el comprar obra de un cualquiera que de un artífice de renombre, pero como en todos los negocios, hay que tener olfato y criterio.

  El galerista Saatchi, conocido marchante y protector de las figuras artísticas más relevantes y polémicas del momento, vende a través de su shop on-line obra de geniales autores principiantes que son apadrinados por su sociedad. Es el caso del alemán Micosch Holland, que ofrece en la web un original de sus collages que oscilan entre los 400-500 dólares americanos. Desde aquí auguro −y que este post sirva como prueba y referente−, que en pocos años este muchacho, ya sea por calidad o por la gran plataforma Saatchi que tiene como apoyo, venderá sus piezas por el triple de lo que valen ahora. Y ya en 50 años será todo un icono de esta época de incertidumbre y malestar en la que vivimos, o por lo menos, es lo que el arte está reflejando: una descomposición del futuro.

  Van Gogh también fue un “don nadie”.

David RafaelNoSanzio

57091-12756172-7Micosch Holland, Avril, 2013

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Hans Hartung, Composición abstracta, 1967

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Hans Hartung, s/t, 1958

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Esta entrada fue publicada el 25 octubre, 2013 a las 18:21. Se guardó como Arte Contemporáneo, Experiencias, Mercado del Arte, nuevos artistas y etiquetado como , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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