Carlos de Beistegui: El surrealismo de la vida cotidiana

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  Muchas veces se habla del multimillonario como un ser que vive en una realidad paralela. Martirizado también por problemas, al igual que el resto de los mortales, pero de una índole algo distinta.

  Sus residencias son levantadas como bastiones orgullosos que se instalan en las vías urbanas, demostrando cuáles son sus gustos y su nivel de poder adquisitivo. Decoran sus hogares como una proyección en el plano sensible de esa especie de “mundo aparte” en el que desarrollan la vida marital y social, aunque algunos de estos llevarán sus pretensiones a unos terrenos que rozan el subconsciente.

  Es el caso de Carlos Beistegui (1895-1970), nacido en la capital francesa, pero de ascendencia vasca. Heredero de una fortuna familiar amasada en México gracias a la plata y a la producción agraria, gastó su capital en esplendorosos convites que reunían a la diplomacia, los grandes empresarios y la farándula de principios de siglo XX.

  Gran coleccionista del arte de las primeras vanguardias −enamorado del surrealismo−, encargó a Le Corbusier, en 1929, que diseñara su vivienda sobre un edificio ya existente en los Campos Elíseos parisinos, un refugio habitable en la que se llevarán a cabo las ideas arquitectónicas innovadoras que el artista propone para ese nuevo siglo y, que aún en nuestros días, permanecen.

  Genuinas adaptaciones al cliente, hacen de esta residencia una ensoñación captada con nitidez por el medio visual. En ello participa la distribución, el estudio de la iluminación −en el que también participa la luz eléctrica−, los experimentos con la insonorización, y el área destinada al ocio: la terraza, dispuesta como parte complementaria de un todo, haciendo las delicias de su propietario.

  La terraza-jardín es uno de los cincos puntos que Le Corbusier enumera e instaura como características primordiales de la arquitectura moderna, siendo las restantes la elevación del primer piso sobre pilotis, planta y fachada libre, y los enormes ventanales que tienen en cuenta aspectos de ventilación y salubridad.

  Con vistas al majestuoso Arco de Triunfo napoleónico, Beistegui se regocija en este espacio privado exterior gracias a la intromisión del ingenio de Salvador Dalí.

  El nacido en Figueras recurre a un mobiliario sinsentido, construyendo el espacio con elementos extraídos de sus famosas pinturas: unas sillas metálicas para tomar el té, animales que conectan con lo exótico, una falsa chimenea en la que se apoya un reloj que languidece el tiempo, los candelabros en un ejercicio de simetría, y un espejo vacío que refleja la realidad de la gran ciudad, como si formáramos parte de un lienzo surrealista, detenidos para siempre en un lugar habitable, placentero y preparado para hacer materializar los sueños del visitante; una performance permanente, si es que estos dos conceptos pueden ir de la mano.

  Desde ahora puedo decir que, este sector de la sociedad, sí que vive, literalmente, en un universo dispar.

David RafaelNoSanzio

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Esta entrada fue publicada el 28 octubre, 2013 a las 12:08. Se guardó como Arquitectura, Arte Contemporáneo, Experiencias, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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