La Maldición de la Mona Lisa: Especulación en el mercado del arte.

Mona Lisa

Andy Warhol, Mona Lisa, 1963

  Más de un millón de neoyorkinos acudieron al Metropolitan Museum of Art para contemplar su enigmática sonrisa, en ésta, la última escapada que tuvo la conocida pintura del Louvre parisino allá por el año de 1963.

  Su visita provocaría una oleada de curiosos que harían colas infernales −tanto en las puertas del edificio, como en la misma sala en la que se encontraba el fantástico retrato− con el único objetivo de no dejar pasar esta oportunidad irrepetible de captar con sus propios ojos la obra de arte más famosa del mundo. A la vez, son conscientes de que están participando en un hito histórico, pues la Gioconda, jamás volvería a salir de Francia tras su encuentro con los Estados Unidos. Pero vamos un poco más lejos.

  La irrupción de la Mona Lisa en la sociedad norteamericana, supuso la gran ruptura del siglo XX en cuanto al trasfondo del arte contemporáneo, siendo sustituido el carácter de denuncia y reivindicación de los artistas −dudas existenciales, sociales o políticas− por la gran especulación económica.

  Andy Warhol comenzará a fabricar para las masas; el medio cuerpo ¿femenino? creado por Leonardo durante el apogeo del Renacimiento Italiano, es multiplicado en sus lienzos a partir de la serigrafía, técnica que asimila de Robert Rauschenberg, pero que sin embargo, será Warhol quien se lleve todo el mérito en cuanto a la revolucionaria producción artística en serie.

  De todo esto nos habla el transcendental crítico de arte Robert Hughes (1938-2012), nacido en la isla de los canguros y afincado en Nueva York en la década de los 70 para trabajar en la revista Time. Compartió oxígeno con los que hoy son considerados como los grandes monstruos de la postmodernidad, dando apoyo o devaluando sus trabajos a partir de los sagaces comentarios y textos que emitía.

  El paso de los años permite un análisis mucho más complejo de la Historia. Así, tras su conocida serie para la BBC2, El impacto de lo nuevo (1979), Hughes vuelve a este caótico y enriquecedor período de juventud en un documental que lleva el mismo título que este post: The Mona Lisa Curse (2008), pero ya con la experiencia de la edad y con una visión nostálgica de un mundo que un día amó; el pequeño universo del arte, llegando a ponerlo en cuestión debido a la influencia que sobre éste ejerce el dinero en la actualidad.

  En una entrevista que tiene con el hijo de Mugrabi (tanto éste, como su padre, son los mayores coleccionistas de Warhol, con la posesión de más de 800 obras, algo de lo que se enorgullecen), Hughes lo acusa de querer comprar su eternidad a partir de este incomprensible afán de acumular piezas de un mismo autor, ya que el nombre de su familia quedará para siempre en el legado del marchantismo gracias a su comportamiento y participación en el mercado del arte. Aunque reconoce este intento de perpetuabilidad fundamentado en el dólar, Mugrabi trata defenderse aludiendo a la admiración que siente por esta figura cénit del Pop, aportándole felicidad cada vez que incorpora una nueva Marilyn a su antología personal.

  ¿Está comprando Mugrabi felicidad?

  A mi parecer, lo que hace es alimentar su deseo en vida, pues su propósito quedará cumplido el día de su muerte; cuando se le recuerde por sus acciones, éstas, y bajo su punto de vista, beneficiosas para la cultura.

  Ignoro si es natural comprar felicidad para el más allá. Los antiguos egipcios estarían de acuerdo, pero es algo que se escapa a mi mentalidad. Supongo que es lícito, pues cada uno hace con sus ganancias lo que le plazca, pero tener tal cantidad de Warhols entre los muros de un mismo recinto privado, elimina la posibilidad de que también sean disfrutados por el resto de la sociedad, ya que los museos no pueden competir con las sumas dispuestas a gastar en las subastas de estos magnates sedientos de poder.

  Nuestro crítico se lamenta profundamente de esta situación, donde los artistas sólo crean pensando en la cantidad de billetes que les proporcionarán sus dibujos, instalaciones y cualquiera que sea su soporte. A este respecto, Robert Hughes cita los nombres de Jeff Koons y Damien Hirst: un arte para el entretenimiento de la multitud sin rostro; el conjunto poblacional. Incluso llega a dudar si el Tiburón de Hirst −y obras de este calibre: nada estéticas y carentes, para él, de significado, de algo que contarnos− debe estar expuesto en un museo.

  Personalmente, me he conformado una extraña relación de estima-indignación hacia Damien Hirst. Por un lado, admiro su capacidad  para hacer surgir la polémica con cada una de sus obras. Según Hughes, no aportan ningún discurso, son horribles representaciones del arte de la contemporaneidad, pero indirectamente, sí que nos transmiten sentimientos y opiniones, por muy anodino y cruel que nos parezca un pez gigantesco dentro de una piscina de formol, ya que consigue rellenar páginas y páginas (ya sean virtuales o físicas) con alabanzas e insultos a la par, tanto al respecto del artífice como a sus propuestas. Un genio de la publicidad, a la altura del todopoderoso Warhol (y esta es mi opinión), pese a que el australiano tache al señor de pelo blanco −usurpador de la imagen de Liz Taylor−, como el hombre más inepto que había conocido jamás. ¿No es la creatividad publicitaria también un arte?

  Mi repudio hacia Hirst proviene de la utilización de los animales. Muy impactante el resultado, pero creo que ya es hora de tener en más estima al resto de seres vivos que habitan el planeta. Y más razón, con la cantidad de materiales existentes que pueden suplantar la realidad en una perfecta imitación. En un ejercicio de autocrítica, podría empezar por mí mismo, pues soy un ente omnívoro, aunque sinceramente hay cosas a las que no estoy dispuesto a renunciar. Y lo mismo podría declarar Hirst para justificar sus obras. ¿Son vegetarianos o veganos la totalidad de los miembros de plataformas que luchan por los derechos de los animales como PETA? Permítanme dudarlo.

  Seguramente, no impresionaría de la misma manera una oveja sintética “ahogada” en líquidos químicos de conservación, en lugar de otra que alguna vez estuvo dotada con la vida. La fuerza de las “piscinas” de Hirst radica en el influjo que provoca en nosotros la muerte, pero si el cine es capaz de sobresaltarnos con los más numerosos trucos y artimañas visuales, este señor podría resolverlo de igual modo. Pero claro, elaborar artesanalmente una cebra, o esperar a que un miembro de esta especie fallezca de forma natural en algún zoo próximo, no permiten la inmediatez necesaria para manufacturar en dosis industriales con las que continuar llenándose los bolsillos a raudales.

  En el mismo terreno sensacionalista se encuentran las groseras y absurdas esculturas de Koons, véase el Michael Jackson, que interpreta lo kitsch hasta la saturación de lo feo y la vulgaridad; los bustos y fotografías de su ex-compañera, la inconfundible Cicciolina; o las porcelanas policromadas de mujeres practicándose masturbaciones en pleno baño.

  Por supuesto que no me escandaliza que se utilice el sexo en las artes, pero si vas a echar mano de un subgénero pornográfico de clase B, por lo menos no sigas alimentando la destrucción de la figura de la mujer, tan vilipendiada aún en pleno siglo XXI.

  Sus trabajos producen convulsiones en la sociedad y en el mundillo artístico, incluso se podrían escribir ensayos completos con la elección al azar de cualquier pieza de estos glorificados dioses de los medios de comunicación, por lo tanto, algo están aportando. Reservarles plaza en un museo es algo que crea en mí un conflicto reflexivo: ¿fomenta el maltrato animal y la sublimación del horror estético? ¿O quizás pone en aviso al público de que el arte está tomando un camino incorrecto? Mi inexperiencia se manifiesta al plantearme si su aportación es positiva o negativa, y creo que la respuesta no la tiene el mayor entendido en Arte Contemporáneo (si es que esta persona existe), sino el transcurso y las vicisitudes del tiempo.

David RafaelNoSanzio

The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living, 1991

Damien Hist, The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living, 1991

The Incredible Journey, 2008

Damien Hirst, The Incredible Journey, 2008

The Golden Calf, 2008

Damien Hirst, The Golden Calf, 2008

Crematorium, 1996

Damien Hirst, Crematorium, 1996

For the Love of God, 2007

Damien Hirst, For the Love of God, 2007

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Jeff Koons, Michael Jackson and Bubbles, 1988

Blow Job (Kama Sutra) 91

Jeff Koons, Blow Job (Kama Sutra), 1991

Jeff in the Position of Adam 1990

Jeff Koons, Jeff in the position of Adam, 1990

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Jeff Koons, Woman in Tub, 1988

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Robert Rauschenberg, Retroactive I (detalle), 1964

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Esta entrada fue publicada el 9 noviembre, 2013 a las 12:31. Se guardó como Arte Contemporáneo, Arte en Estados Unidos, Crítica Artística, Crítica de Arte, Experiencias, Historia del Arte, Mercado del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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