Joaquín Sorolla: Un baño refrescante en pleno noviembre

saliendo del mar-1915

Joaquín Sorolla, Saliendo del baño, 1915, Colección Museo Sorolla

  Acudir al Espacio Cultural de la Fundación CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife, siempre será un acto productivo y placentero, sin importar la temática o sentido de lo que se exhibe en esos momentos dentro de sus muros. Pues, justo en su entrada, nos encontramos con la permanente escultura de Martín Chirino: Gran Cabeza Africana (1987), un recuerdo a las relaciones entre Canarias y el continente con el que comparte espacio geográfico. Aunque, debido a su vacío gargallesco, más que una negroide testa parece un casco corintio que los guerreros helenos utilizaban en la Antigüedad, al que se le ha amputado el elemento decorativo superior típico de estas armaduras craneales. Pero traspasemos el umbral y vayamos al motivo de este post.

  El reclamo, en esta ocasión, es la primera exposición individual que se celebra en la isla de Tenerife sobre Joaquín Sorolla (1863-1923), constituida a partir de los fondos de su palacial museo homónimo situado en Madrid, y organizados en las salas de exhibición según las distintas etapas de producción del artista, teniendo como punto de partida su Marina de 1880. Pero la visita se convirtió en experiencia al cuadrado, pues el valenciano comparte espacio expositivo con otra sugerente muestra; El paisaje en la colección Gerstenmaier.

  Se nos recomienda que comencemos el recorrido por la primera de las dos plantas existentes, lugar en el que se recoge una selección de pintura paisajística del compilador Hans Rudolf Gerstenmaier; alemán residente en España y, por lo que parece, con muy buen ojo para la adquisición de excelentes piezas.

  Son vistas urbanas y naturales de autores españoles de finales del siglo XIX y principios del XX, tales como Aureliano de Beruete y Moret (1845-1912), Martín Rico Ortega (1833-1908) o Agustín Riancho y Gómez de Porras (1841-1929), con su propia visión de los ambientes que alguna vez les rodearon, unos con una línea más visible, otros en los que el color es el único protagonista y “director de orquesta”. Coinciden en la importancia de la luz, ya que el paisaje conlleva a una demostración de la capacidad artística de su hacedor en base a este recurso pictórico, jugando con los contrastes que se crean entre las zonas sombrías y las que están ahogadas en el fulgor del astro rey. Un ejemplo son los reflejos de la arquitectura en las aguas estancadas −tanto la manufacturada por el ser humano, como la de la imponente naturaleza−.

  Es justo hacer mención a los marcos originales que encuadran dichas panorámicas, de un lujoso dorado sobre maderas retorcidas en simetrías decorativas que elevan, aún más, lo que contienen.

  Creo que es la primera vez que veo un Rusiñol (1861-1931) con mis propios ojos, y esa fuente sin líquido, rematada con el querubín que cabalga sobre un cisne en la más absoluta soledad −sólo acompañada de la profundidad del jardín− hizo que se pusieran en alerta mis cinco sentidos. A ello contribuyó un Sorolla colocado en un tabique estratégico (diseñado para este evento en particular, pues no pertenece a la fábrica original del edificio); una figura femenina, cuya faz perfectamente definida, se encuentra envuelta en una borrasca de coloración que completaba la superficie del lienzo.

  Con el aperitivo ingerido, subimos las escaleras para encontrarnos con el artista representante del efecto lumínico del Mediterráneo y sus playas, en parte solitarias −a veces sublimes−. El leitmotiv es el medio acuático que tanto le obsesionó, y prueba de ello son los cartones preparatorios incluidos en la muestra, en los cuales, Sorolla mezcla distintas tonalidades del azul en un intento de captación instantánea del movimiento de unas olas que no llegan a romper en espuma.

  No hace falta que os describa a conciencia la atmósfera que se instaura en el entorno gracias a sus pinturas, pues su obra es conocida internacionalmente (a excepción de sus creaciones más tempranas, imbuidas en el realismo); niños en la orilla por los que el agua se escurre como un torrente a partir del movimiento oscilante de las mareas, y como no, sus mujeres de blancas vestimentas que sujetan los distintivos sombreros para que la brisa no les cobre una falta al decoro.

  Me quedo con la cantidad de colores que utiliza el artista en pocos centímetros de panel: marrones, violetas, verdes y amarillos, creando contornos, volúmenes y profundidad a través de unos trazos emplastados en pigmento a borbotones: pura maestría cromática.

  El contrapunto lo ponen los rostros de los representados, los cuales pueden ser sugeridamente reconocibles o, por el contrario, carecen por completo de facciones; cuerpos que vagan en un arenal de ligera ventosidad, ésta, apreciada en la dirección que toman sus ropas, normalmente al contrario de hacia dónde se dirige el personaje.

  Intenté acercarme a cada uno de los lienzos en busca de restos de polvo de sílice atrapados en los óleos, pues recordemos −y así lo atestiguan las fotografías que acompañan a los cuadros en este montaje temporal− que Sorolla, tal y como lo hacían los impresionistas, realizaba sus piezas al aire libre (plein air), copiando del natural, aunque es obvio que el resultado es producto del ingenio del artífice y su visión particular del levante (o el norte) español, pero no llegué a distinguir nada que se alejara de lo común en una pintura de caballete. Fue mi única decepción. Quizá sean necesarios aparatos modernos que amplíen la tela para poder llegar a ser apreciados.

  En representación de sus dotes para la captación de la psicología del individuo aparece, junto al texto explicativo inicial, un enorme autorretrato que funciona como una postal turística en la que Sorolla se desplaza del centro de la composición, como si quisiera enseñarnos el delicioso pasaje en el que desarrolla su vida y su arte. A mi juicio, es la obra de mejor calidad de todas las que componen la exposición, o por lo menos,  la que más me ha llegado a transmitir ese algo aurático que desprenden los genios. Magnífico retratista.

  Pequeños y grandes formatos, bancos de descanso ante las obras más interesantes, la arena, el sol, figuras humanas en su recreo y gasas vaporosas que adoptan la forma que les impone el viento; un caldeamiento del espíritu en estos fríos meses de invierno.

  Sorolla, el color del mar, hasta el 1 de febrero, Espacio Cultural Cajanarias, Santa Cruz de Tenerife.

Organiza: Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, Museo Sorolla, Fundación Cajacanarias y obra social La Caixa.

Entrada: Gratuita.

David RafaelNoSanzio

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Joaquín Sorolla, Marina, 1880, Colección Museo Sorolla

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Joaquín Sorolla, Nadadores, 1905, Colección Museo Sorolla

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Joaquín Sorolla, El Balandrito, 1909, Colección Museo Sorolla

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Joaquín Sorolla, Autorretrato con fondo de mar, 1909, Colección Museo Sorolla

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Joaquín Sorolla, Helena en la playa de San Vicente, Mallorca, 1919, Colección Museo Sorolla

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Sorolla en plena creación. Fotografía incluida en la muestra.

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Santiago Rusiñol (1861-1931), Jardín de Monforte, Colección Gerstenmaier

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Fernando Álvarez de Sotomayor (1875-1960), Jardines del Paular, Colección Gerstenmaier

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Martín Rico Ortega (1833-1908), Vista trasera de Santa María de la Salute en Venecia, Colección Gerstenmaier

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Martín Rico Ortega (1833-1908), Santa María del Rosario en Venecia, Colección Gerstenmaier

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Carlos de Haes (1826-1898), Picos de Europa, Colección Gerstenmaier

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Eliseu Meifrèn i Roig (1857-1940), Vista de Barcelona desde el Tibidabo, Colección Gerstenmaier

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Martín Chirino, Gran Cabeza Africana, 1987, exteriores Espacio Cultural CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife

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Esta entrada fue publicada el 26 noviembre, 2013 a las 22:11. Se guardó como Arte en Canarias, Crítica Artística, Crítica de Arte, Experiencias, Exposiciones, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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