Fotografía, pintura y paisaje: Las lavas tinerfeñas de Gerhard Richter

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Gerhard Richter, Große Teyde-Landschaft, 1971, óleo sobre lienzo, 200 x 300 cm

  La naturaleza nos da la vida, para luego envolvernos durante nuestra existencia entre un cálido manto de sonidos y cromatismos infinitos. Hace reconfortar el espíritu a base de inyecciones de belleza, y a la vez, nos aplasta sin miramientos con guerras, enfermedades y condiciones climatológicas adversas. Unos la honran, veneran y admiran, se regocijan en sus encantos. Otros la ignoran, creyendo estar por encima de ésta gracias a la conquista de la máquina.

  Fue la primera musa del artista, cuando todavía utilizábamos la cueva como protección. En la Antigüedad terminó por imitar la figura del ente racional para poder ser comprendida y explicada. Se concentró en un solo cuerpo durante el Medievo, pasando a ser una especie de telón de fondo de los seres vivos en los siglos del pensamiento humanista y el “teatro” barroco. Fulguró con los románticos, dejando crecer a posteriori sus verdes brotes para que estos decoraran los edificios instalados en el Art Nouveau.

  Su máxima expresión en el arte se encontrará en el paisaje: esa ventana de los más variados formatos que nos muestra todo el esplendor que Ella posee, a veces amable, otras cruenta, siempre salvaje. Pese a ser un concepto ancestral, será la era decimonónica la que propulse ese sentimiento de intimidación frente al poder supremo, viéndonos como un indefenso animal que, atemorizado, se queda inmóvil ante el rifle del cazador. Lo sublime fue denominado, una emoción de estatismo que ancla nuestros pies en la tierra para entrar en contacto directo con la naturaleza y su supremacía, demostrando que no somos un digno oponente capaz de plantar cara a tal potencia.

  Tormentas eléctricas, mares embravecidos, montañas que juegan con las nubes y cicatrices terráqueas en forma de abismos. De dichas profundidades surge el magma, siendo el cono volcánico su medio de propagación.

  La imagen de una erupción activa es cautivante, sin embargo, será el resultado de ésta lo que a los artistas de verdad sobrecoja: la muerte y de nuevo la vida en una misma dimensión. Hablamos de la muerte, pues la llameante lava abrasa todo lo que encuentra a su paso. Pero en esos brazos rocosos ya solidificados vuelve a surgir el tallo primigenio de la robusta arboleda gracias al transcurso de las estaciones, siendo las cenizas el abono perfecto para su desarrollo. Aunque la vida reaparezca en estos lares, el aspecto es desolador y casi marciano,  nutriéndose de ello quienes manufacturan la obra de arte.

  Gerhard Richter (Dresde, 1932), uno de los artistas vivos más cotizados en el mercado actual, se vio seducido por esta tipología paisajística de titánica apariencia.

  A finales de los 60, comenzó a experimentar con la relación entre pintura y fotografía, una derivada de la otra, siendo la naturaleza su protagonista; esa modelo que no se cansa nunca de esperar mientras es retratada.

  Captaba instantáneas en sus familiares y placenteros viajes de ocio: en el 68 en Córcega (Italia), y un año después en Tenerife (Islas Canarias, España), ésta última, lugar en el que habita el pico más elevado del país, El Teide, colosal cumbre que en su día bañó y dio forma a las laderas y valles que constituyen la ínsula atlántica.

  Con el revelado de estas fotografías de desiertos ocres, negros y rojizos en sus manos, comenzó a pintar lo que anteriormente había conseguido reproducir con su cámara, trasladando al lienzo esas vistas del silencio detenido.

  Todo está recubierto por una gruesa masa de polvo en suspensión que emborrona nuestra retina, como una especie de filtro o retoque digital misterioso, pero realizado a partir de óleos, pinceles y la tela como soporte. Nos hace penetrar en una ensoñación debido a la falta de definición. Intuimos que es un paraje volcánico, pero no nos lo pone del todo fácil, pues es el cerebro el encargado de recomponer la situación que se le presenta.

  No hay movimiento, es una eterna suspensión del minutaje de un cronómetro, una bruma congelada que deja pasar la luz, o la oculta a su antojo. En la misma proporción (quizá, algo más) de importancia se encuentra el firmamento, ya que Richter sitúa la línea de horizonte en el centro del plano, o aún más rebajado en la mayoría de los casos de esta serie datada en 1971, haciendo que el blanco −a veces borrascoso− de los cúmulos nubosos termine por devorar el azul propio de la cúpula celeste.

  Es imposible no hacer una rememoración a la enigmática niebla rothkiana y la Colour Field Painting estadounidense de la postmodernidad, y también sería un desacierto no citar el paisaje romántico alemán de Caspar David Friedrich (1774-1840), donde el espectador es desafiado y consumido por la naturaleza en estado libre, la misma que le produce ese torrente de dudas existenciales que conciernen a su relación con el medio natural. ¿Estamos en el primer puesto de la escala evolutiva?

  Gerhard Richter no transmite esa tensión, aunque participe la insignificante figuración humana –Große Teyde-Landschaft (mit 2 Figuren), 1971-. Sus panorámicas están divinizadas por la magnificencia de lo abrupto, pero no hay recelo, ni amenaza ni advertencia, más bien, es complicidad lo que se respira. Funcionan cual recuerdo de infancia, o de algún pasado tranquilizador, como la fotografía de una inocente niña absorta en sus quehaceres de entretenimiento lúdico, pero que al mismo tiempo es consciente de que está siendo vigilada, por lo que no muestra su auténtico rostro o comportamiento, mirándonos disimuladamente.

  Imagino cuál fue el impacto que supuso a Richter la visita a estos parajes desangelados. Solitarios, pero cálidos; una impresión que aguardaba en la memoria, refrescada con la fotografía, traduciendo en el panel su genuina percepción mediante una pincelada suave, de tonalidades terrosas que se ajustan a la veracidad. Aunque en otras obras la escobillada es bien evidente, como queriendo dirigir el sentido de nuestra atención dentro del cuadro.

  Son atmósferas en el pleno sentido de la palabra, una comprensión del paisaje como arte en sí mismo, algo que siempre defendieron artistas de la talla de César Manrique (1919-1992), siguiendo su estela el salmantino afincado en Canarias Ildefonso Aguilar de la Rúa (1945).

  Isleño de corazón, pues siendo todavía un bebé, los padres de Ildefonso deciden residir en Lanzarote aconsejados por su abuelo, emplazamiento de origen volcánico que inspirará sus pinturas, en las que mezcla los acrílicos con la arena que componen los suelos. También estará ligado a los medios visuales −fotografía y vídeo−, aparte de su faceta como músico, que tendrá una obvia repercusión en sus creaciones plásticas, visible ésta, en el ritmo de sus paisajes casi lunares, algunos, verdaderas abstracciones.

  Asimismo, en Ildefonso aparece ese perturbador velo que distorsiona la realidad ya utilizado por Richter, pero… ¿qué significa? ¿Es acaso una barrera psicológica entre artífice y Madre Tierra en señal de respeto? ¿O simplemente quieren que nos dejemos llevar por el subconsciente para adentrarnos en un paraje inhóspito que simboliza el Paraíso bíblico reinterpretado por el hombre moderno?

David RafaelNoSanzio

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Gerhard Richter, Teyde-Landschaft, 1971, óleo sobre lienzo 120 x 180 cm (vendido en Sotheby’s UK en el año 2007 por más de cinco millones de dólares)

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Gerhard Richter, Teyde-Landschaft, 1971, óleo sobre lienzo 120 x 180 cm

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Gerhard Richter, Große Teyde-Landschaft (mit 2 Figuren), 1971, óleo sobre lienzo, 200 x 300 cm

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Gerhard Richter, Teyde-Landschaft, 1971, óleo sobre lienzo, 135 cm x 150 cm

paisaje esencial II, 2005 arenas tal, 180 x 180

Ildefonso Aguilar, Paisaje Esencial II, 2005, arenas y acrílicos sobre chapa de madera marina, 180 x 180 cm

malpais V, 1996, arenas y acrilico sobre chapa de madera marina 122 x 488 cm

Ildefonso Aguilar, Malpaís V, 1996, arenas y acrílicos sobre chapa de madera marina, 122 x 488 cm

paisajes audibles, X, 2001, arnas tal, 120 x 120

Ildefonso Aguilar, Paisajes Audibles, X, 2001, arenas y acrílicos sobre chapa de madera marina, 120 x 120 cm

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Caspar David Friedrich, Monje junto al mar, 1808-1810, óleo sobre lienzo, 110 x 171 cm

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Mark Rothko, Untitled, 1969, John and Mary Pappajohn, Des Moines, Iowa

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Esta entrada fue publicada el 11 diciembre, 2013 a las 21:47. Se guardó como Arte Contemporáneo, Arte en Canarias, Crítica Artística, Crítica de Arte, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Fotografía, pintura y paisaje: Las lavas tinerfeñas de Gerhard Richter

  1. Muuuuuy bueno, enhorabuena.

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