La escultura nazi y su conexión con el Mundo Antiguo

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Arno Breker, Dionisos, escultura para la Villa Olímpica, Berlín, 1936

  Con este artículo, no se aspira a enaltecer el arte durante el nazismo, sino todo lo contrario; es una respuesta a la ascensión del los partidos políticos fascistas en la actualidad, tratando de reconstruir la Historia para su conocimiento y divulgación, con el fin de que, lo ocurrido en Europa en este fatídico período para la Humanidad, no quede en el olvido y, por lo tanto, no vuelva a repetirse.

  Así, resulta irónico que una de las artes practicadas por los hombres libres en la Antigüedad como fue la retórica, se convirtiera, a principios del siglo XX, en un arma arrojadiza contra la libertad del ser humano, camuflada bajo una máscara de aspecto idealizado que, por cuestiones estéticas universales, no resultaba intimidatoria.

  Adolf Hitler, un joven de sentimiento nacionalista que había luchado en el frente (como integrante de las tropas de Guillermo II de Alemania) durante la Primera Guerra Mundial, se percató de que sus discursos patrióticos y llenos de heroísmo inundaban de gozo la moral de los combatientes vencidos al finalizar el conflico. Sus palabras, estratégicamente manipuladas, llegaban a la masa receptora como profecías mesiánicas, en las que se vislumbraba la aproximación de una edad de oro, durante la cual, la raza aria −portadora de la pureza de la sangre− dominaría el mundo en un Estado compuesto únicamente por alemanes, donde la cultura, el trabajo y la libertad, fueran los dogmas a practicar.

  Estas promesas eran acogidas, en una sociedad absolutamente derrotada por el desastre tras el gran conflicto bélico, como un ángel anunciador que rescataría a la nación del más espeso fango económico y espiritual. El momento idóneo para que el depredador actuara sobre su presa.

  El discurso de Núremberg que Hitler emitió en 1934, es uno de tantos ejemplos en los cuales, se evidencia la imposición de la estética de la Antigua Grecia como primigenia y conductora de belleza. De ello también se encargará Joseph Goebbles, ministro de Propaganda, quien en su día mostrara fascinación por el expresionismo (algo por lo que será recriminado). Hará, en sus mítines, repetidas alusiones al Partenón ateniense: un homenaje a la perdurabilidad de la raza que exhibe su gloria en la cima de la Acrópolis.

  La educación espartana −agogé− (recordemos que Esparta ya utilizaba la eugenesia), impregnará las páginas del Mein Kampf (Mi Lucha), redactado de puño y letra por el propio Hitler. Era ésta una instrucción controlada por el Gobierno y practicada en comunidad, pero siempre respetando la edad y sexo de los aspirantes a hombres y mujeres alemanes a la hora de organizar los grupos. El cuerpo debía de cultivarse desde la infancia, para continuar en la adolescencia como entrenamiento para el servicio militar. El adquirir los conocimientos marciales básicos, suponía la prueba ante el régimen de que el adulto no se ha convertido en un ser sedentario. Igualmente, Hitler propone en Mein Kampf el pugilismo como un deporte de contacto que ayuda a la mayor flexibilidad y robustez del cuerpo y, que al mismo tiempo, aporta coraje a su corazón.

  El enriquecimiento mental queda en un segundo plano, aunque también plantea sus directrices: la enseñanza de la Historia, concretamente de la Antigüedad clásica; el pilar donde poder fundamentar la moral del nuevo alemán.

  Este tipo de hombre fornido, atleta y dotado con la virtud, se reflejará en el Discóbolo; copia romana del siglo II a partir del original −probablemente broncíneo− del griego Mirón. Descubierta en 1781, pasó a manos de la familia romana Lancellotti, y no será hasta 1937 cuando la pieza salga por primera vez a la venta. Retirado el Metropolitan de Nueva York de la intención de compra, los Museos Estatales de Berlín la adquirirán finalmente por 325,000 dólares, aunque la prensa alemana de entonces publicara que la escultura había sido un regalo de Mussolini. Lo cierto es, que Hitler autorizó el presupuesto con el que los museos berlineses debían de manejarse para conseguir la adquisición, pero cuando la obra es adjudicada, se verán sus verdaderas intenciones. Bajo la perpleja mirada de los directores de los Museos Estatales Berlinenes, el Discóbolo Lancellotti es enviado a la Gliptoteca de Múnich para presentarse en 1938, aprovechando la celebración de la II Gran Exposición de Arte Alemán; un obsequio del líder a su pueblo con el que pudieran contemplar el referente del hombre ario, perfecto en sus medidas y proporciones, en su musculatura armoniosa y tensa producto del esfuerzo físico. Y lo más importante, el rostro y mirada ausente: la conexión con lo divino.

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Hitler frente al Discóbolo, Gliptoteca de Múnich, julio 1938

  Frente al movimiento völkisch; la recuperación del pasado primitivo teutón con aires románticos medievales que tanto defendían altos cargos del Partido Nazi como Himmler (jefe de las SS) y Rosenberg (el ideólogo), Hitler apunta a la desnudez y sencillez clásica a la hora de representar al individuo en las diversas manifestaciones artísticas visuales, sobre todo en la escultura, concentración en piedra del sentimiento de experiencia vivida, el mito hecho realidad.

  El varón es símbolo de fuerza, la virilidad, la voluntad, la disciplina del guerrero y la apariencia física del genio creador. La mujer, una Venus engendradora de vida y fertilidad, cuya función será la de traer al mundo nuevos miembros que perpetúen el mito nazi.

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Arno Breker, La Gracia (detalle), escultura para la nueva Cancillería del Reich, 1938

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Josef Thorak, Camaradería, Pabellón alemán EXPO París, 1937

  Como icono de grandeza, aparte de para poder adaptarse a la monumentalidad de los edificios, los artistas del régimen fascista tallarán sus esculturas con el mismo simbolismo; la exageración de sus miembros y corpulencia hipertrofiada supondrán una imagen titánica del hombre ario, dioses griegos de la intimidacón y la exaltación de su pureza originaria.

  Todo el que se aleje de estas premisas será rechazado y discriminado, y así ocurrió con las propuestas expresionistas de artistas como Ernst Barlach o Gerhard Marcks. Otros, incluidos los favoritos de Hitler, Arno Breker −admirado frenéticamente por Salvador Dalí− y Josef Thorak, alcanzaron la gloria artística durante el III Reich.

  La concepción en la Alemania nazi de la escultura como un objeto trabajado para ser visto en los museos, se transformará con la llegada de los Juegos Olímpicos, celebrados en la ciudad de Berlín en el año de 1936. Escapó por primera vez de los recintos cerrados dedicados a las artes para situarse en los espacios públicos: calles, edificios y el mismo complejo olímpico, decoración en la que participaron Breker, Thorak y Wackerle, entre otros.

  La congregación deportiva había sido conferida a la capital alemana unos años antes de la llegada de Hitler al poder. Aunque en un inicio se mostrara reticente a que fueran encomiados (debido a la participación de todas las razas), supo explotar la coyuntura propagandística que los Juegos supondrían al régimen, una ventana por la que el mundo contemplara la supremacía del pueblo ario.

  Obviamente acabó por aceptar la propuesta del Comité Internacional, pero se desarrollarían según su mandamiento y disposición en cuanto al plano estético, poniendo al frente de la escenografía a Albert Speer, su arquitecto predilecto.

  Los Juegos de 1936 significarán la mayor aproximación que el III Reich tendrá con la Antigüedad. Considerado el 776 a.C como el inaugural de estas competiciones en honor a Zeus en el santuario de Olimpia −región de la Élide−, se celebrarán de manera ininterrumpida cada cuatro años, hasta el 394 d.C, con la prohibición de Teodosio y su oposición al paganismo.

  Los participantes en las Olimpiadas originales, pertenecientes a las clases pudientes, llegaban desde cualquier demarcación helena para convertirse en seres glorificados en la Tierra, en el caso de que consiguieran el triunfo, por supuesto, simbolizado con la rama de olivo sobre la cabeza del vencedor en Olimpia (el laurel en Delfos). La excelencia era para el deportista, considerado a partir de entonces como un héroe, y para la ciudad a la que representaba. Pasarán a la posteridad gracias a las Odas de Victoria, poesías en las que se ensalza la virtud del protagonista, algunas de éstas, firmadas por Píndaro (522-443 a.C).

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Arno Breker, Protador de la Antorcha en la entrada de la nueva Cancillería, fotografía de 1940

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Josef Wackerle, escultura para el Estadio Olímpico, Berlín, 1936

  Los nazis recuperarán antiguas tradiciones, como la del relevo de la antorcha olímpica cruzando distintos países limítrofes, partiendo, como no, de Grecia, para finalizar su recorrido en Berlín. El encendido del pebetero simboliza el inicio de la competición, el beneplácito de los dioses a través del fuego. Una representación teatral visible en Olympia (1938), película-documental de la cineasta afín al régimen Leni Riefenstahl, editada como un trabajo publicitario con enormes avances técnicos para la época.

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Escena tomada de Olympia [min. 0:10:11], Leni Riefenstahl, 1938

  La predilección del Führer por las obras dedicadas a la muerte, es otro de los nexos de unión con la cultura clásica, pues no es el deceso sinsentido y pregonero de un fin lo que llama su atención, sino la proyección del prestigio e inmortalidad de los que fallecen por una causa, sabiendo apreciar ese fatídico momento.

  Arte y Estado recorren en paralelo el camino trazado, idea del Mundo Antiguo que de mucho ha servido a los estados totalitarios. Emulando a Platón, el líder se encargará de que los artistas sean capaces de contener sus angustias y bajas pasiones, para plasmar en sus obras nada más que las formas puras, siempre llenas de grandeza y magnificencia. Así, la música debe ser compuesta como “exaltación de la sensibilidad estética” del que la escucha.

  No fueron más que patrañas y embustes de un fanatismo falsamente aferrado a la cultura, que penetraron de manera determinante en una comunidad débil y desesperanzada.

  Ideas que continuamos arrastrando, pues ciertos rasgos propios del nazismo perviven en las sociedad contemporáneas, ya sean los cánones físicos y estéticos, propagados como la pólvora con el cine clásico de Hollywood; o el desprecio que sentimos por la vejez, considerando a nuestros mayores como muebles inservibles a los que relegar en un trastero. Si la senectud en el Mundo Antiguo representaba la sabiduría, ¿por qué Hitler no copió literalmente el guión?

  Una muestra más de la manipulación nazi. Es obvio que no le interesaba un país avanzado en edad que pusiera en riesgo su plan de expansión, cuyo fin sería el de hacerse con el planeta.

  “Al loro” con esos nuevos amaneceres dorados y sucedáneos, pues tienen el campo abonado para su triunfo: un gran porcentaje de la población que se agarraría a un clavo ardiendo con tal de solucionar sus vitales problemas.

David RafaelNoSanzio

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Esta entrada fue publicada el 28 diciembre, 2013 a las 20:32. Se guardó como Crítica social, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

5 pensamientos en “La escultura nazi y su conexión con el Mundo Antiguo

  1. Querido compañero: Impresionado siempre, muy gratamente, por este blog, y como el compañero Salvela (http://salvela.wordpress.com/) me nominó para VBA, yo también te incluí en mi nominación. Espero no haberme excedido con ello. Aquí está todo: http://wp.me/p3rilc-ae (perdona la dimensión pero no quería dejarme nada atrás). Un abrazo, y enhorabuena, como siempre, por el blog!

  2. El clasicismo ha sido tomado como modelo estético por los regímenes fascistas por su monumentalidad (en arquitectura, enlazando con la megalomanía de los dictadores) y, como bien apuntas, como herramienta para construir un discurso del origen de la raza aria. En este sentido, me parece brillante la forma en la que destacas las connotaciones que tienen los juegos olímpicos del 36 en sus guiños a Grecia y como de paso introduces el tema de Leni Riefenstahl (según algunos amante del Fürher) y el cine nazi. Las imágenes de los desfiles nazis del otro film de Riefenstal “El triufo de la voluntad” son abrumadoras, se ve muy bien todo el aparato propagandístico del nazismo y se te pone el bello de punta…

  3. Si te gusta Riefenstahl, deberías echar un vistazo al libro de la película “Olympia”; una maravilla.

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