Arte ¿público?

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Vinz −Feel Free−, Amsterdam (Holanda), 2012

 

  El transcurso de los siglos, conlleva a la evolución de la mentalidad del ser humano. Unas veces en la correcta dirección, mientras que en otras, lamentablemente, la racionalidad parece dar marcha atrás en un intento de coger impulso, con la negativa repercusión que esto supone.

  Política y religión −y viceversa− han ido eternamente codo con codo, dejando libres sus manos en las que portar sobre bandeja de plata a las artes; esas que son producto del ingenio, ensalzando lo que tocan. Una oportunidad propagandística imposible de desaprovechar.

  El siglo XIX simbolizó la muerte de Dios, gracias al progreso de la industria y el cambio de paradigma obtenido con la aglomeración de la urbe, por lo que (y sólo en parte) hemos conseguido desligarnos de la sacralidad que los dogmas judeo-cristianos representan, pero… ¿el salto ha sido tan grande como para desvincularnos de lo político?

  Contemplamos cómo las remodelaciones urbanísticas siguen en manos de la clase dirigente y, de igual forma, lo está el emplazamiento de objetos artísticos que regulen y den sentido al entorno. La instalación o escultura de turno, es ofrecida al pueblo como un obsequio; del mandatario a su súbdito, un no te quejes, que mira lo que te traigo. Con el máximo descaro, son sometidas a un patético acto de inauguración que signifique el inicio de su funcionamiento como recuerdo de algún suceso, homenaje a alguna personalidad relevante o, simplemente, como meros agentes portadores de belleza.

  Esta es su supuesta intención, una máscara que oculta los verdaderos intereses: la captación de votos en períodos electorales, una falsa participación en la necesaria cultura que la sociedad demanda.

  Si se paga con los impuestos del contribuyente, ¿hemos de tomarnos el arte público como una dadivosa acción de los gobernantes?

  Coincido con la distinción entre arte público y arte del espacio público que hace el artista español Jaume Plensa (1955), pues la primera advocación −como si de la Virgen se tratara−, en realidad, no tiene sentido alguno. El artista actual crea para que su obra sea disfrutada por el resto (sea cual fuere el número de su audiencia), admirada y criticada, y si es posible, elevada con el culto idolátrico. Por lo tanto, no hay cabida para el arte de la retroalimentación de uno mismo como fin esencial y único. Si debe ser etiquetado, lo será por el ámbito en el que quedará expuesto.

  Así, la calle se transforma  en el físico y metafórico soporte para el arte del espacio público, ya sea el estipulado legal y oficialmente por el Estado o Ayuntamiento pertinente, como el considerado acto vandálico; y que en muchas ocasiones lo es, maltratando los muros históricos o residenciales. Sin embargo, el artista comprometido con lo social y reivindicador de la libertad del individuo, es consciente de la protección del Patrimonio y embellecimiento de la ciudad, haciendo uso de superficies en las que no participe lo conservado.

  Personalmente, me decanto por este tipo de manifestación (línea Banksy ó Vinz) donde el factor sorpresa y la desmedida moral continúan siendo el hálito que les da trascendencia, olvidando el arquetípico proyecto en papel aprobado por una más que dudosa comisión de “expertos” en el que no existe apenas el impacto, y mucho menos la acción del arte de la contemporaneidad, pues conocemos de antemano cuál será su localización, forma, contenido y demás características, tanto de la obra, como del propósito del hacedor.

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Banksy, Slave Labour, Londres (Reino Unido), 2012. Posteriormente desprendida del muro para ser vendida en subasta.

  Si les soy sincero, prefiero un graffiti estampado en el portal de mi hogar, que habitar en uno de los no lugares descritos por el antropólogo Marc Augé (1935); esos efectos de deshumanización que particularmente sufren las zonas periféricas, alejadas del corazón y pulmones de la urbe, ocupadas por fábricas y almacenes, residencias-dormitorio y la frialdad del viento que recorre sus desangeladas avenidas.

  De todo ello nos habla Fernando Gómez Aguilera en Arte, ciudadanía y espacio público (2004), concibiendo las ciudades contemporáneas como centros de producción y comercio, cegadas por el capitalismo y sus beneficios económicos, invadidas por el tráfico rodado sin tener en cuenta al viandante, y mucho menos a la naturaleza.

  Gracias a la intervención y la fuerza constreñida entre arte y medio ambiente, nos damos cuenta de la importancia de la visión paisajística en cuanto a la remodelación de nuestro entorno habitable.

  Son muchos los factores que se han de tener en cuenta a la hora de crear nuevos espacios, en los que el vecino o visitante desarrolle sus capacidades de comunicación: un vínculo entre semejantes, arquitectura y punto neurálgico destinado al diálogo con las formas escultóricas.

  Es cierto que los bulevares parisinos de Haussmann estuvieron provistos de la sombra y verde de los árboles, pero quedaron en nada al encontrarse junto a amplias calzadas de adoquines que los coches de caballos abarrotaban.

  Tendremos que llegar al siglo XX para dar el impulso definitivo a la concepción de ciudad-paisaje, con autores tan familiares como César Manrique (1919-1992), capaz de integrar en un todo cada elemento que nos rodea; lo que crece y se corrompe por voluntad propia en una miscelánea con lo fabricado por el ser humano, a modo de puzle en el que sus piezas engarzan perfectamente.

  En este sentido, cabe destacar al brasileño Roberto Burle-Marx (1909-1994), conocido internacionalmente por ser un pionero −allá por la década de los 30− en la utilización de las plantas nativas de los lugares en los que interviene, además de por su más que fotografiado Paseo de la Playa de Copacabana (Río de Janeiro, 1970) y sus parques organizados mediante el agua y la frondosidad del césped y la flora.

  Por supuesto que valoro su perenne recurso de espacios ajardinados; vitales para la regeneración del alma, en detrimento del a veces necesario asfalto. Pero mi admiración total, deviene en el logro de esa enigmática unificación conseguida entre arquitectura y escultura inherente en sus pavimentos decorados. El objeto escultórico, de formas geométricas y colores antagónicos, parece ser asimilado y absorbido por el mismo suelo que un día le sustentó. Recorre sus venas como un líquido que le aporta vida y cromatismo, perceptible desde las alturas, o a partir del nivel de nuestra mirada. Lejanía y cercanía transmutan la obra, siempre de secuela satisfactoria.

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Roberto Burle-Marx, Paseo Playa Copacabana, Río de Janeiro (Brasil), 1970.

  Esto, nos da pie a considerar la novedosa concepción de la escultura en la calle de la época contemporánea, fundamentada en lo conceptual; la narrativa de carácter instantáneo del ente moderno.

  Parece que el monumento conmemorativo basado en la figuración (con excepciones) ya no tiene lugar en las ciudades de hoy día, donde, supuestamente, existe una democracia. Quizá por su reminiscencia a las monarquías absolutistas y los estados de regímenes totalitarios; recurrentes de las artes idealizadas para la exaltación de su autoridad y supremacía de poder ante la población. ¿Acaso tendría sentido un busto del Presidente Rajoy como punto de fuga de una plaza pública perteneciente al territorio español? Sería interesante como herramienta sarcástica y de crítica, siempre que sea algo efímero y sustancial. Aunque podría terminar siendo aceptada por la vecindad, véase el caso del Cristo de Borja.

  Así, no es de extrañar, que este tipo de representaciones artístico-políticas sean las primeras en ser derruidas en el caso de un cambio radical del sistema, y si no, recordemos el desplome de la efigie en bronce de Sadam Husein en Bagdad (cuerda al cuello incluida) que todos pudimos ver por televisión.

  La neourbanización debe fomentarse a través del espacio público, un juego entre moralidad y experiencia estética que haga partícipe al ciudadano y su involucración en la sociedad, la creación de un diálogo que ayude a mejorar nuestra percepción del entorno.

  ¿Hasta cuándo seremos testigos de absurdos planes urbanísticos cuyo único objetivo es seguir rellenando los bolsillos de los que llevan la batuta?

David RafaelNoSanzio

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Roberto Burle-Marx, Biscayne Boulevard, Miami, Florida (Estados Unidos). Finalizado tras su muerte.

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Roberto Burle-Marx, Kuala Lumpur Central Park (Malasia). Concluido poco antes de su fallecimiento.

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César Manrique, Mirador del Río, Lanzarote, Islas Canarias (España), 1971-1973. Imagen: http://www.cesarmanrique.com

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Esta entrada fue publicada el 13 marzo, 2014 a las 10:43. Se guardó como Arquitectura, Arte Contemporáneo, Arte Urbano, Crítica Artística, Crítica de Arte, Crítica social, Historia del Arte, Urbanismo y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

9 pensamientos en “Arte ¿público?

  1. Precioso el Mirador del Río de Manrique, así como los Jameos del Agua (intervenciones en las burbujas de los volcanes) y sus esculturas móviles de viento en las carreteras…qué recuerdos de Lanzarote! Estoy contigo en que los artistas como Banksy protegen el patrimonio y están comprometidos con embellecer las ciudades, añadiendo además reivindicaciones de carácter social, el valorado elemento sorpresa y el concepto de libertad total con el que actúan.

  2. Banksy acabó por entregarse al multimillonario mercado del arte, ¿son menos reivindicativos sus graffitis por ello? Para mí es un dilema importante.
    Si una obra instalada en un muro urbano criticando la explotación infantil es arrancada para ser ofrecida como producto en una subasta, ¿no se desvirtúa la intención?

    • No creo que la obra en sí deje de tener un carácter de denuncia social, en cuanto consigue que se reflexione entorno a un tema controvertido. Sin embargo, entiendo que en el momento en el que se especula con la obra y literalmente se arranca de la pared un grafiti para subastarlo, éste deja de tener sentido, deja de ser Street-art y por tanto la actitud del artista urbano y anónimo se vuelve bastante hipócrita, ¿no es así?

      • Eso mismo. Es completamente lícito vender tus obras por miles y miles de dólares, pero ese sentido de protesta a partir del incógnito se desmorona en parte. ¿no? Es complicado el asunto jeje
        Son cosas totalmente diferentes, pero afectan a la moral.

  3. Pero entonces, de que estas hablando en el post? de utilizar el espacio publico para exponer arte (banksy) oooo, hacer del espacio publico una obra artistica (tan publica como las obras expuestas en los museos publicos como el Prado,no?) Lo digo porque las imagenes de los paseos de Burle Marx me recuerdan intervenciones de land art (salvo que urbanas y permanentes) asi como tambien creo que sirven para reflexionar aquella necesidad del “sitio especifico” de obras del calibre de Richard Serra o del Land Art, o de Christo… Asi he entendido yo tu post… si me equivoco, pido perdooon! porque realmente me ha gustado…

  4. Pues hablo de remodelaciones urbanas de calidad (Burle-Marx), así como de intervenciones “no oficiales” de calibre fundamentadas en la acción (Banksy). Lo que trataba de criticar es el urbanismo a dedo tan frecuente en países como España, donde se levantan moles arquitectónicas que finalmente quedan en el olvido, sin funcionalidad ni estética, ya que sólo sirven para inflarse los bolsillos de los políticos (y demás calaña) con la especulación del suelo.
    Perdóname tú a mi si no me he explicado bien.
    Saludos!!!

  5. No, si tienes toda la razon. Te explicas muy bien siempre, pero mientras iba leyendo me hizo pensar tambien en todo aquello que dije. En fin!
    Muy interesante todo lo que escribes!

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