Ingredientes: amor, enfermedad, éxito, caída, escándalo, drogas y París. Nombre del elixir: Amedeo Modigliani

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Amedeo Modigliani, Desnudo acostado sobre el lado izquierdo, 1917. Adquirido en 2003 (Christie´s) por un propietario de casinos de Las Vegas, quien lo ubicó en la galería de arte de uno de sus hoteles. Su valor: más de 26.000.000 de dólares.

  Sabemos mucho de la infancia de Modigliani gracias a un diario redactado por su propia madre, Eugenia Garsin, en el cual, habla de Amedeo de una forma especial (quizá fuese el favorito de los cuatro hermanos). Lo llama cariñosamente “Dedo” en estos manuscritos, refiriéndose a él, como un rayo de sol hecho niño. Cuando tan sólo alcanzaba la edad de doce años, su progenitora ya lo describía como un ser singular, apuntes que podemos tomar como premonitorios: sus maneras son las de un niño mimado que no carece de inteligencia. Veremos más tarde qué hay en esa crisálida; tal vez un artista…

  Nacido en Livorno −ciudad de la Toscana− en 1884, tuvo muchos problemas de salud desde su nacimiento, pues con 11 aniversarios cumplidos, ya sufrió una grave pleuresía (inflamación de los pulmones); síntoma de otras enfermedades como la tuberculosis, afección que desarrollará a los 14 años tras una fiebre tifoidea.

  Debido a su grave estado, tuvo que abandonar los estudios de pintura con Micheli: discípulo de Fattori (grupo de los Macchiaioli), actividad que había encomendado poco antes de aquejarse por estas complicaciones existenciales.

  Como el ave fénix que resurge de sus cenizas, Modigliani marcha a Florencia en 1902 para continuar con el progreso de sus intereses artísticos, inscribiéndose en la “Escuela libre del desnudo”, que dependía de la Academia de Bellas Artes de dicha urbe. Pero a los pocos meses se traslada a Venecia; población de la luz y el color italiano por excelencia, en la que realmente comenzará su vida. Buscará su técnica en los pintores sieneses del siglo XVI, sobre todo en Carpaccio, momentos en los que también reconoce admirar a Giovanni Bellini.

  Con 22 primaveras en su haber (1906), Amedeo se embarca en la aventura parisina de los albores del XX. Al igual que Venecia, París será el conglomerado poblacional que marcará su destino para siempre, siendo la relación de éste con otros artistas uno de los principales motivos.

  Una noche, al llegar al Moulin de la Galette en Montmartre, se cruzó con un hombre del que le llamará la atención su aspecto latino, por lo que acabarán entablando conversación. Se trataba del futurista Gino Severini, con quien terminará por enlazar una gran amistad, fraguada en sus constantes visitas a los bares y cabarets de la capital francesa.

  Estos ambientes libertinos, eran habitáculos donde los artistas se movían “como pez en el agua”, por lo que era muy frecuente encontrarse con otras figuras del gremio, tales como sus compatriotas Anselmo Bucci y Gino Baldo, o alguno de sus compañeros de profesión franceses, destacando al polifacético Max Jacob. Entre sus antecesores más próximos, Modigliani se fascina por Toulouse-Lautrec, Gauguin y Whistler.

  Modi, como lo llamaban sus colegas artistas (quedando el apelativo de Dedo para la familia), invitó un día a Severini a su pequeña vivienda-taller en la Rue Caulaincourt. Era un lugar bastante estrecho y reducido, pero a Severini le resultó un espacio con encanto, donde advertía el modo de trabajar de Modigliani: aislado del resto del mundo.

  Se sabe que, en los primeros meses de su estancia en París, Amedeo se muda varias veces. Incluso llegó a residir en uno de los edificios más característicos de Montmartre; el Bateau-Lavoir (Barco-Lavadero), construcción pintoresca a la que se accedía por la parte superior, y cuya distribución era a partir de corredores de madera. Las habitaciones eran diminutos camarotes, estando las puertas diferenciadas con el nombre de un artista.

  Dicen, que todo artífice del loco París que ha llegado a ser alguien, ha vivido o trabajado en este particular escenario arquitectónico. Picasso, que tenía su hogar muy cerca, disponía aquí de su taller, como también lo poseyó Juan Gris. Max Jacob apodará al inmueble como la Acrópolis del cubismo.

  Ya asentado en Montmartre, Modigliani se matricula en una escuela que se emplaza al otro lado de la ciudad: la Colarossi. Era normal que los recién llegados a la trepidante metrópoli se alistaran en esta academia, ya que los alumnos no pagaban los modelos de sus bolsillos, además, tenía fama de estar perfectamente caldeada en invierno.

  El poeta Louis Latourettes, con el que mantuvo una relación de amistad (Modigliani era un consumidor de literatura, decantándose por autores como Carducci y Oscar Wilde), decía de él, que nunca se cansaba de perseguir a jóvenes modelos, considerando a Mado como una de las más importantes, posando para Amedeo en repetidas ocasiones. La misma Mado que ya había sido retratada (y más que eso) por Picasso algunos meses antes.

  La relación Picasso-Modigliani es fruto de la leyenda. Acercándonos a la verdad, el biógrafo del malagueño, Pierre Dais, habla por boca de la compañera sentimental del español en aquellos momentos, Fernande Olivier, quien desmiente que Picasso mostrara desprecio por Modi. Todo lo contrario. Ella narra que lo veían frecuentemente, y que les agradaba su compañía. También está confirmado que compartían proveedor de hachís. Por otro lado, Latourettes recuerda que Picasso y Henri Rousseau eran los únicos contemporáneos de Amedeo a los que idolatraba sin reservas.

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De izquierda a derecha: Modigliani, Picasso y el escritor André Salmon en Montparnasse, agosto de 1916.

  En 1910, conocerá en el mismo París a Brancusi, individuo que le transportará por otras sendas dentro del mundo del arte. Unos años antes, Modigliani ya experimentaba con las tallas en madera, obteniendo clandestinamente el material de una estación en obras. Para cuando sus vidas se entrecruzan, el italiano tiene producidas abundantes piezas pétreas y calcáreas, y que serán expuestas con la ayuda del portugués Souza-Cardoso, prestándole su taller para el evento, el cual, abrirá sus puertas el 5 de marzo de 1911.

  Aunque su deseo de esculpir le viene desde sus estudios en Italia, Brancusi lo introduce en la realización y la técnica de la disciplina, aparte de en la reducción de las formas.

  El taller de Brancusi estaba provisto de numerosos ejemplos de máscaras africanas y figurillas oceánicas, quedando Modigliani absolutamente maravillado por este arte negro que tanto influyó en las primeras vanguardias.

  Lo primitivo será el tema de inspiración de Amedeo a la hora de abordar sus esculturas, pues no sólo el arte negro será promocionado en estos años. La cultura egipcia (ya conocida por el gran público) se instaurará como tendencia. Asimismo, lo harán otras no tan vislumbradas, como la Grecia arcaica y preclásica, o el arte ibérico. Si Brancusi prefería mirar hacia las figurillas de las Islas Cícladas, Modigliani se decanta por la frontalidad de Egipto y el arcaísmo pre-heleno.

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Amedeo Modigliani, Tete, 1910-1912

  En los motivos esculpidos de Modi, hay un escalón previo de diseño a partir del dibujo. Hechos en pasteles y gouaches, son de gran atractivo para los investigadores, pues en ellos, se sintetiza perfectamente lo antiguo para crear una modernidad latente, además de ser interesantes en cuanto a la percepción del dominio en el trazo y la línea del artista.

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Amedeo Modigliani, Cariátide, 1913

  En 1912, fueron exhibidas en el Salón de Otoño de París, siete esculturas en forma de cabeza que conformaban un conjunto, pues así las había ideado Modigliani. Eran rostros ovalados de perfil griego reduccionista, con ojos y peinados arcaizantes, y de un cuello tan largo como las Madonnas de Il Parmigianino (1503-1540), que no tuvieron ningún éxito en la muestra, pues sólo sus allegados reconocieron su valor.

  Será en este mismo año cuando la situación económica y personal de Amedeo comience a decaer. Su apariencia era enfermiza, y comía gracias a sus amigos. El abuso del hachís y la bebida acelerarán el “descenso a los infiernos”, teniendo que abandonar Francia para instalarse en su tierra natal, Livorno.

  No se sabe con seguridad, pero se cree que allí abrió un taller en el que continuó su labor como escultor, trabajando únicamente con mármol de Carrara. Cuando presentó a la audiencia sus creaciones, recibió duras críticas, optando por lanzar las obras al Canal de los Holandeses en medio de un ataque de ira o impotencia. Parece que esta autodestrucción como símbolo de descontento no era algo nuevo, ya que años atrás, ya había protagonizado algún acto más de este tipo.

  Su falta de interés por la escultura deviene en su regreso a París unos meses antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Primero, por la decepción consumada en Livorno. Segundo, por el alto coste que supone un taller que se adapte a la actividad del cincelado, aparte del material. Y tercero, porque el polvo que desprende la piedra ataca cruelmente sus debilitados órganos respiratorios.

  La faceta escultórica de Modigliani fue poco prolífica, conservándose alrededor de 25 ítems, pero no hay lugar a dudas de que esta intromisión pasajera en el tallado repercutió en su pintura posterior.

  El retrato de Paul Alexandre ante una vidriera, realizado en los últimos meses de 1913, es un buen ejemplo de ello, demostrado en la exagerada estilización del personaje.

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Amedeo Modigliani, Paul Alexandre ante una vidriera, 1913

  Esta será una buena temporada para Modi, pues entra en contacto con los integrantes de la denominada Escuela de París, formada por artistas que no se encontraban adscritos a ningún movimiento en concreto, entre los que se encontraba Soutine.

  En este pack de nuevas amistades, aparece el que se convertirá en su marchante: Paul Guillaume, con quien retomará la pintura con entusiasmo. Pasarán algunos años hasta que Modi dé con un estilo propio, alcanzando la plenitud artística hacia 1916-1917.

  Son muy comentadas la cantidad de amantes que tuvo Modigliani, pues parece ser que tenía un gancho infalible con las mujeres. Talento innato que los hombres de su entorno igualmente apreciaron (y no estoy hablando de homosexualidad, sino de desprender seducción), y así lo atestiguan las más que cariñosas palabras que una vez Jean Cocteau le dedicó, tildándolo de encantador.

  Con la periodista Beatrice Hastings mantuvo una tormentosa relación amorosa de dos años. Sin embargo, la fémina que marcó su corazón eternamente fue Jeanne Hébuterne, a la que conoció en la Nochevieja de 1916, cuando la muchacha aún contaba con 19 cumpleaños (15 menos que Modigliani). Tuvo que romper con su conservadora familia a causa de esta diferencia de edad, pero con Jeanne halló la ternura y el silencio, la belleza y el perdón, después de la tortuosa experiencia con Beatrice.

  A los dos meses de iniciar su noviazgo, la pareja se instala en un piso, el cual, Modi pinta de naranja, rojo y amarillo; el perfecto fondo para sus retratos.

  Ya tiene un cierto prestigio como artista, centrándose su obra en el desnudo femenino. 1917 será la etapa de los Desnudos, temática retomada por Modigliani de una manera diferente a como la interpretaban los vanguardistas. Son de mayor tamaño, imbuidas en la sensualidad, otorgada a través de líneas curvas y óvalos, estilizados en exceso.

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Amedeo Modigliani, Desnudo echado, 1917

  Serán expuestos en diciembre, de la mano del marchante ruso Zborowski. Acto que quedará clausurado por la policía, ya que tuvo que intervenir para requisar un cuadro. El motivo fue el vello púbico de una de las señoritas representadas, algo que evitó la venta, pero el morbo de la sociedad por los desnudos de Modigliani alzó sus alas en meteórico despegue.

  Tristemente, estando Jeanne embarazada, y por causas de salud de Amedeo, se ven forzados a abandonar París en 1918. Con el dinero de algunas obras liquidadas mediante su marchante y la ayuda de sus amigos, hacen sus maletas con destino Niza.

  Sorprende la vitalidad de su paleta durante la estancia en la Costa Azul, no solo por la luz natural de la localidad, sino por ser lugar de encuentro con antiguas amistades, volviendo a su vida el señor Guillaume.

  Pese a no ser una persona predispuesta a las visitas, Renoir, ya achacado por la parálisis, decide recibir en su taller a Modigliani, pues había oído hablar del italiano. El impresionista le enseñó sus desnudos para que pudiera vanagloriarlos, pero Modi no parecía muy interesado, algo que le comunicó con toda claridad.

  En Niza nacerá su hija Jeanne, pero lo hace en un momento delicado económicamente para sus padres, teniendo que entregar a la pequeña a una nodriza para que le suministre alimento.

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Amedeo Modigliani, Maternidad, 1919

  Su retorno a París en 1919, significará el principio del fin. La tuberculosis está muy avanzada, cayendo postrado en una cama. Jeanne, otra vez encinta, tampoco podía trabajar. La situación es límite, y salvo su marchante de entonces −el chileno Ortiz de Zárate y Kisling−, el resto de sus camaradas le dan la espalda.

  En enero de 1920, Modigliani muere en un hospital de meningitis tuberculosa.

  Jeanne vuelve a casa de sus padres, pero mientras su hermano y progenitores discutían su futuro y el del bebé, la hastiada mujer se arrojó por la ventana de su dormitorio. Tenía 21 años. El retoño será enviado a Livorno con su familia paterna.

  De aquí parte el mito de la maldición de Modigliani, cuyo apellido en versión diminutiva −Modi− significa “maldito” en francés.

  ¿Un vaticinio de la historia?

David Rafael NoSanzio

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Amedeo Modigliani, La hermosa romana, 1917. Vendido en Sotheby´s en 1999 por la nada despreciable cifra de más de 16.000.000 de dólares.

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Esta entrada fue publicada el 16 marzo, 2014 a las 21:10. Se guardó como Arte Contemporáneo, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

4 pensamientos en “Ingredientes: amor, enfermedad, éxito, caída, escándalo, drogas y París. Nombre del elixir: Amedeo Modigliani

  1. Una historia de escándalos y tragedias digna de un verdadero artista de la Ecòle de París, y un maravilloso recorrido por su vida y obra. Bravo.

  2. Bueno, en ese momento la Escuela de París llevaba a cabo una experimentación formal cercana al cubismo, de ahí su preocupación por la geometrización de los volúmenes, la obsesión por las máscaras africanas, la tendencia a esquematizar… las emociones en la pintura quedan a un lado. Sin embargo, es cierto que no hay en él esa frialdad de las afiladas Señoritas de Avignon de nuestro “amigo” común Picasso y que existe cierta ternura y calidez en sus desnudos, aunque el ensimismamiento en las cuencas casi vacías de los ojos de los personajes podrían tomarse como una señal socorro por parte del enfermo. ¿Cómo lo ves? jajaja

  3. Había pensado en lo mismo, pero creo que ese vacío proviene de la escultura arcaica o primitiva en la que se inspira. Se ve que el hombre ya estaba acostumbrado a la enfermedad, por lo que no era algo que trascendiera a la hora de pintar… jajajaja cómo nos gusta inventar!

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