¡Españoles! Batman ha muerto…

  Santa Cruz de Tenerife-20140414-00116

Fernando Bellver, Crucifixión de Batman, 1996. Óleo sobre madera, 225 x 600 cm. Colección Conca (click en la imagen para ampliar)

  Damascos rojos por la sangre vertida penden de los balaustres, hojas de palma despigmentadas circulan ya por las calles. Nervios de origen cofrade y viudas, cirio en mano, cual alegorías de un amadamado Darth Vader. El sonido intimidatorio de las baquetas y el trompeteo auguran el lamentable desenlace: la muerte del que, según el sacro folclore occidental, un día dio la vida por nosotros.

  La ciudad de La Laguna −Tenerife− prepara la orgía visual urbana que la Semana Santa genera, “vistiendo” sus iconos con las mejores galas, a fin de que sus fieles revivan la Pasión que supuso el camino al Gólgota descrito en los Evangelios (canónicos y apócrifos). El mismo sentimiento que, Conca Espacio de Arte Contemporáneo, pretende despertar entre sus visitantes durante las próximas jornadas, esta vez, a partir de la sátira de tal acontecimiento bíblico.

  Para ello, el área expositiva (Plaza de la Concepción, 21) se sumerge en la semipenumbra, exaltando −aún más, si cabe− una de las genialidades fruto de la producción artística del multifacético Fernando Bellver (Madrid, 1954): la Crucifixión de Batman (1996).

  Excelente grabador, y así lo atestiguan sus diferentes reconocimientos, Bellver es considerado como uno de los máximos representantes vivos de la figuración dentro del panorama nacional, siendo sus trabajos igualmente exhibidos a lo largo y ancho del planeta. Empapado en la Historia del Arte, sus obras funcionan como un revival de edades gloriosas, en el cual, se entremezcla tradición y vanguardia.

  En este trágico cese de la existencia del superhéroe, Fernando Bellver recurre a uno de los hitos del arte flamenco: la composición en diagonal del Levantamiento de la Cruz, firmado por los pinceles de Peter Paul Rubens hacia 1610-1611; tríptico hoy conservado en la Catedral amberina (Bélgica).

  La tabla central narra el instante en que los sayones izan al condenado con la fuerza que la acción demanda. Estos, de cuerpos miguelangelescos, responden a las necesidades barrocas del movimiento y exacerbado dramatismo, creando profundidades nada tranquilizantes a través del claroscuro: en grave contraste con la viveza del color veneciano de los paños que sirven a los protagonistas como indumentaria, además de la divergencia entre la tenebrosidad y las distintas tonalidades de la tez humana.

  Cristo, entregado al éxtasis, mira hacia el cielo suplicando el perdón para quienes están cometiendo la atrocidad. En el lateral derecho se está fraguando el idéntico destino para los santos ladrones, pues Dimas y Gestas serán igualmente crucificados por sus delitos, mientras que en el izquierdo, asisten al cruento espectáculo las santas mujeres llegadas desde Galilea, las mismas que encontrarán el sepulcro vacío del ya Resucitado.

  Si Rubens acudió a Miguel Ángel, Tintoretto, Caravaggio, y a la escultura griega del período helenístico (pues es evidente la alusión al rostro en mármol del sacerdote Laocoonte −Escuela de Rodas− en la faz de Jesucristo), Bellver crea su propia versión del pasaje, en una miscelánea conformada por lo que él entiende como sus divinidades personales, ampliando de tres, a cinco, los paneles que componen la magnífica estructura.

  Nuestro artífice bebe del sarcasmo utilizado contra el franquismo del Equipo Crónica: grupo de artistas que en el recorrido de prácticamente dos décadas (1964-1981) trasladaron las obras de efigies cumbres del arte español −véase Picasso o Velázquez− a sus críticas intenciones, manipuladas éstas imágenes para coincidir con la estética del cómic, aportándoles el aire pop que tanto furor causó al otro lado del charco a principios de los 60 con la multiplicación en serie de la Mona Lisa warholiana (inspirada a razón de la visita a Nueva York de la pintura original de Leonardo; última vez que el óleo abandonó la seguridad de los parapetos del Louvre).

  Bellver baja de los altares el retablo barroco, sustituyendo el carácter religioso por la ironía. Las escenas discurren a través de una ventana de elementos goticistas, tal y como Joseph Stella (1877-1946) planeó su secuencia anclada en el Precisionismo en homenaje al desarrollo industrial norteamericano, representado éste por el puente de Brooklyn, y que, al igual que Bellver, inmoviliza a la trepidante city como telón de fondo.

  El eje principal es la tabla que simboliza la agonía del murciélago enmascarado, ensartado en la madera con el fulgor de la llama, y etiquetado con su distintivo logotipo a modo de tondo en el cierre superior del marco, quizá, un postrero y fallido llamamiento de los habitantes de Gotham a su guardián nocturno. El lugar de los verdugos es ocupado por parte del elenco de las compañías Marvel y DC. No sólo participan sus eternos enemigos, el Joker y Catwoman, sino que también colaboran en la crucifixión algunos compañeros de faenas heroicas, tanto los protagonistas de otras historietas como Flash o Superman, además de su fiel auxiliar: el joven Robin, postrado a los pies de la cruz, dándonos la espalda mientras hace palanca con el mástil.

  Los elásticos uniformes rinden pleitesía a las viñetas de los años 50, cuando aún no habían evolucionado hacia la metalizada apariencia actual que el cine y la era digital les proporcionan.

  De igual forma, rescata a RanXerox de los estratos marginales; conocido en España con la publicación de sus libertinas aventuras en la revista El Víbora, allá por el refrescante estacionamiento de la Movida madrileña. El único que mira al espectador, en señal de guiño, es el adalid de la compañía Nintendo: Mario Bros, quien parece haber dado un bote con el que conseguir su ansiada seta y, de paso, colarse en el encuadre, testigo de la circunstancia.

  El madrileño soluciona la inclinación con una escalinata que sirve de soporte a los torturadores, facilitándoles la ascensión del tronco.

  Esta proclividad queda anulada en las restantes divisiones de la obra, ya que los actores de esta función teatral simulada aparecen en paralelo con respecto al plano. Los clásicos están encarnados por Tintín, invitándonos a guardar silencio, y un casting realizado entre las estrellas de la Disney: la volátil inocencia de Peter Pan y de Dumbo, impasibles ante los hechos, además de Mickey Mouse (frecuente en la obra de Bellver), bailando al son del Boogie-woogie frente a su inseparable versión femenina, justo en el arco de acceso a la privada ratonera.

  Los púgiles, a pocos segundos de caer sobre la lona, responden a la afición del artista por el boxeo. De aspecto negroide exagerado, entran en sintonía con el modo de plasmación de la raza africana en el mundo de la subcultura y el cómic underground, pero en esta coyuntura, realizados con una línea limpia y pulcra.

  El misterio, la corrupción y la violencia se personifican con el universo del gangster, en perenne conflicto con la ley, al tiempo que la irreverencia se ve reproducida con el alcoholismo de Andy Capp: el bonachón −solo de aspecto− de la tira cómica británica (The Daily Mirror y The Sunday Mirror) al que tanto le pierden el juego y las mujeres.

  Aunque parezca reinar el caos, la integridad de la superficie está organizada mediante el ritmo y la secuencia; desde las distintas formas geométricas que rematan los paneles, la delimitación del entorno de los arcos ojivales y las puntas de diamante cual pirámide de Keops observada desde su cara cenital, hasta la repetición en sentidos contradictorios de los elementos.

  El políptico de Bellver, es un collage perfectamente reconocible por la cultura popular, un canto al humor basado en las teorías del apropiacionismo: actividad intelectual que se remonta al nacimiento de la civilización, aplicada no solo a las artes, la ciencia y la investigación, pues constantemente la utilizamos en nuestra vida diaria.

  Hubo una época en la que Batman, ídolo de masas sin poderes sobrenaturales, combatió contra sus adversarios en defensa de unos ideales, aún sabiendo que arriesgaba la subsistencia, haciendo las veces de un Jesucristo de la contemporaneidad que fue ajusticiado por una pugna de poder.

  La duplicidad del comodín de la baraja francesa hecho medallón que aparece en los dos paneles que circundan al principal, nos recuerda que no hay que tomarse las cosas tan en serio, pues hay que saber preponderar sobre lo que realmente vale la pena. Y parece que la religión, no es una de las cuestiones a las que el ente moderno concede el privilegio de ocupar su mentalidad, a no ser que el objetivo fuera el de ponerla en cuestión.

David Rafael NoSanzio

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Exposición Especial Semana Santa, a partir del martes 15 de abril, Conca Espacio de Arte Contemporáneo, Plaza de la Concepción 21, La Laguna, Tenerife

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Peter Paul Rubens, Levantamiento de la Cruz (vista general y panel central), 1610-1611. Óleo sobre lienzo, 462 x 341 cm. Catedral de Amberes, Bélgica

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Equipo Crónica (1964-1981), El happening conde de Orgaz. Serigrafía / cartoncillo, 65,5 x 87 cm. Museo de Arte Contemporáneo de Alicante

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Joseph Stella, La voz de la ciudad de Nueva York interpretada: El puente, 1920-1922

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Portada revista El Víbora nº47, RanXerox, septiembre 1983

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Esta entrada fue publicada el 14 abril, 2014 a las 19:38. Se guardó como Arte Contemporáneo, Arte en Canarias, Crítica Artística, Crítica de Arte, Exposiciones, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “¡Españoles! Batman ha muerto…

  1. El arte es esto: repensar / resentirlo todo muchas veces. Si no ya habría muerto como forma de expresión humana, y sólo quedaría catalogarlo, para nuestro pesar. Enhorabuena por la entrada, un abrazo!

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