Mühlenstraße; un año después

 Por la conservación de la East Side Gallery

9 noviembre 1990

Grünberger Str. 52, 10245 Berlín, Friedrichshain

 ¡Hola Valentina!

  Antes de que se me olvide, muchas gracias por tu postal de felicitación.  La enumeración de las dieciocho cosas que más te gustan de mí, en honor a los años que cumplo, hicieron que no pudiera dormir en toda esa noche. No podía perder el tiempo en el falso mundo de los sueños teniendo en mis manos uno hecho realidad, leyendo y leyendo las mismas frases hasta que los pájaros comenzaron a anunciar el nuevo día, por si me quedaba alguna coma o mensaje escondido que habría pasado por alto a causa de los nervios y la emoción. Si mis padres hubieran conseguido un empleo, no tendríamos por qué haber hecho las maletas y marcharnos tan a prisa de España, y así, tú misma podrías recitarme esos adjetivos que me definen, según dices, los mismos con los que me derrito repasándolos con la mirada.

  Aunque la verdad, no entiendo la elección de este lugar. La situación no parece mejor que la de allí, es como si trataran de arrancar un motor que no tiene combustible.

  Por lo menos, al fin nos hemos mudado. Atrás quedaron los primeros meses en este gélido país y ese maldito pueblo de nombre impronunciable, en donde lo único que me rodeaba era el campo y los manzanos. Sí, sí, preciosos, pero casi muero del aburrimiento. Waden-Bru no se qué se llamaba… Es mejor haberlo olvidado.

  Ayer mismo nos hemos instalado en Berlín. Mi barrio es un tanto gris, de edificios en bloques idénticos, como grandes moles desangeladas y seriadas en una avenida repleta de coches. El sonido que recibo a través de mi ventana, es el de las máquinas de la construcción, algo tenue, a lo lejos. Lla verdad que sería poco romántico si te invitara a mi azotea a ver las estrellas, pues las luces de las grúas, es el único paisaje que te podría ofrecer.

  Desde esta mañana, en la prensa escrita y la televisión, no paran de hablar del primer aniversario de la caída de un muro, o eso he podido entender, ya sabes que el idioma es algo que llevo regular. ¿Para qué lo construyen y luego derriban? No entendía el alboroto. ¿O es que era de un material tan resistente que era imposible demolerlo? Esto tenía más sentido, hasta que vi las imágenes de ese −para ellos− glorioso día hace ya un año, en donde un hombre golpeaba el dichoso muro con un mazo hasta abrir un enorme agujero.

  Yo pensaba que en Waden-Bru (no sé cuántos) vivía incomunicado, pero creo que más lo estaba en Madrid, y todo por no coger un libro, o un periódico, y enterarme de lo que pasaba en el mundo. Pero, ¡claro!, obviamente prefería ocupar las horas viendo cómo me sonreías, a tener que prestar atención a los asuntos de nuestros vecinos.

  ¿Cómo es posible que no supiera de la existencia de unos kilómetros de hormigón que partían a una ciudad entera por la mitad? Si pensabas que la Gran Muralla China fue una “ida de olla”, prepárate, porque voy a hacerte un resumen de la historia del Muro de Berlín que me ha hecho mi madre y, hasta que no llegue el desenlace, vas a apoyar, sin piedad, mi eterna teoría de que el ser humano va perdiendo los tornillos que unen las partes del cerebro con el paso de los siglos, para sustituirlos por unos microchips aún más defectuosos que los arcaicos engranajes de metal.

  Cuando termina la Segunda Guerra Mundial, los aliados que acabaron con el nazismo se dividieron Alemania en cuatro porciones: el oeste es comandado por el capitalismo de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, mientras que el este, queda en manos del comunismo bolchevique con la URSS como cabecilla. La misma partición hicieron en Berlín, la capital en tiempos de Hitler.

  Las diferencias no tardaron en explotarles en la cara, acentuadas con la Guerra Fría: una especie de pique tecno-ideológico que no llegó a las armas, propiamente dichas, pero hizo tan palpable la tensión entre norteamericanos y rusos, que la población mundial se preparara para una nueva batalla, aunque ésta, finalmente, no llegó a mostrar su horrible faz.

  El bando oriental terminó por acusar a los de la parte occidental, de estar gestando un seductor fascismo que engatusaba a la gente que, supuestamente, vivía de forma plácida bajo el poder comunista. La realidad, era que agonizaban, sedientos de libertad con la finalización del pasado conflicto bélico, y de nuevo apresados por un sistema restrictivo. Así, los habitantes del este comenzaron una migración masiva a la atractiva y llena de oportunidades Berlín-oeste. Los herederos del marxismo no estaban dispuestos a ver cómo la sociedad los abandonaban sin, ni siquiera, mirar atrás, por lo que fue necesario el control del trasiego humano, adecuando pasos fronterizos y amenazadoras alambradas.

  Pasar de un lado a otro se fue haciendo cada vez más complicado, hasta que en agosto del 61, y de la noche a la mañana, los alambres se habían transformado en un muro de piedra, torres de control incluidas, quedando familias y amigos atravesados por una pétrea daga en sus corazones.

  Pues bien, 28 años estuvo ese muro quebrando la paciencia de una nación al completo, perdiéndose vidas en los fallidos intentos por ser traspasado, hasta que el 9 de noviembre de 1989 y, a pesar de que no todos los líderes mundiales estuvieran a favor de su detonación, la presión internacional y un pueblo harto de hostilidad, consiguen acabar con esa representación física del Telón de Acero: nombre de la línea imaginaria que seccionaba a la vieja Europa en dos mitades bien diferenciadas.

  ¿No te parece alucinante que esta macabra historia haya sucedido tan recientemente? Huele a relato de antiguas batallas entre imperios rivales, cuyo odio mutuo les lleva a separar sus fronteras a base del amontonamiento de sillares que impida el contacto, por supuesto que también el visual, como si fueran dos pequeñas hermanas que, producto del enfado, se encierran en sus respectivas habitaciones tras un portazo para ni verse las caras. Cuánto mal ha hecho el ego, Valentina.

  A mediodía, logré descifrar de los noticiarios que, a tan solo cuatro manzanas de mi casa, en el Distrito Friedrichshain, se conservó, a petición de un grupo de artistas, un tramo de más de mil metros del muro y, que entre los meses de febrero y septiembre de este año, había sido decorado con pinturas murales en honor a la paz y a la libertad, así que decidí investigar un poco más a fondo el barrio.

  Llegué a Mühlenstraße, una calle junto al río Spree cuya palabra definitoria podría ser la desolación. Efectivamente, allí estaba. Un escalofriante parapeto de dura roca, mordida en sus bordes. Si te soy sincero, me dio hasta pavor el pensar poder haber vivido esa crueldad en mis huesos, pero ese sentimiento de ruptura giró hacia una visión muy distinta.

  Pude apreciar, sobre la superficie del muro, remolinos de líneas blancas que dejaban entrever la riqueza de los colores del arcoíris, creando juntos unos rostros multiplicados bastante nostálgicos. También pude contemplar un coche que simulaba atravesarlo, y grandes monigotes de pronunciada nariz pintados, cada uno, de una tonalidad diferente.

  Hay una sección de estas decoraciones cuyo mensaje no logré entender: dos señores besándose en un primer plano. A ver si me entero de qué pretendían simbolizar con esto, pero a mi me da que, ahí, había muy buena sintonía.

  Qué curioso es el arte, ¿no? De ver el muro como un monstruo divisionista, a todo lo contrario: una alegación por la unidad y la fraternización.

  Espero que sigan ahí cuando vengas a visitarme, pese a que ese día esté aún tan lejos, que no consigo verlo nítidamente. Escribe pronto para reprimir la incertidumbre. En el remite tienes mi nueva dirección. Te echo mucho de menos preciosa.

  Por cierto, ¿qué pasó con tu examen?

Te quiero

David Rafael NoSanzio

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Esta entrada fue publicada el 4 mayo, 2014 a las 11:07. Se guardó como Arte Contemporáneo, Arte Urbano, Crítica social, Historia del Arte y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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