Londres, faro-ciudad del arte contemporáneo, ¿dígame?

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 Tracey Emin, My Bed, 1998. Saatchi Gallery

  La cultura helena llegó a dominar el sur de su originario continente, ampliando sus fronteras hasta las lejanas tierras donde los soldados oponentes montaban a lomos de los elefantes. Con el transcurso del tiempo, fue sustituida por la influencia de la todopoderosa Roma Imperial, pero el paganismo termina por resquebrajarse gracias a la luz cristiana emitida desde Constantinopla.

  Bizancio occidentaliza sus principios durante la consecuente Edad Media, manifestándose, estos, en cada uno de los pueblos de la vieja Europa. Sin excepción.

  Con la imprenta bajo el brazo, Flandes se propone estandarizar los modelos que serán llevados a la pintura, la escultura y la arquitectura a partir de la puesta en circulación del grabado. Pero el sistema gremial acaba por abandonarse, emergiendo la ciudad de Florencia como sede del individualismo humanista; centro neurálgico de los recién denominados “artistas”, ya que en el pasado eran considerados como meros artesanos, plagiadores de la naturaleza, abducidos por la divinidad.

  Algunos de ellos alcanzarán la tan codiciada “fama” descrita por Vasari, seducidos por la capital del pontificado −El Vaticano− ya en el Cinquecento. Roma volvería a estipularse como eje dinamizador de los métodos y la estética de los procesos creativos y su producto final; la obra de arte, señalando a la Academia como la única Institución capaz de legislar el gusto del artífice.

  Las Bellas Artes florecen en una pomposa visión con la corte francesa del XVII, siendo Versalles el punto al que dirigir la mirada a la hora de ser desempeñadas.

  En oposición a este lujo trasladado al lienzo, Alemania simplifica las formas con un retorno a lo clásico a partir de las teorías de Winckelmann, al tiempo que los prerrománticos se instalan como los verdaderos modernos del XVIII.

  Estas tendencias germanas correrán como la pólvora, asentándose en el París de Baudelaire, quien defiende a ultranza a su admirado Delacroix, acusando a los eclécticos −los historicismos del XIX− de “gente tibia y sin pasión”.

  A partir de aquí, la ciudad capitalina del estado francés, será el testigo directo de la mayor revolución artística hasta la fecha. París proyectará al mundo su imagen de modernidad con los impresionistas, yendo un poco más lejos autores como Lautrec: un arte de los bajos fondos, que definía traslúcidamente el ajetreo de la vida nocturna y los excesos de una urbe en ebullición, hasta que Cézanne decide abrir la definitiva brecha que las vanguardias del siglo XX tomarán como puesto de salida hacia una meteórica carrera de innovación y ruptura.

  La Segunda Guerra Mundial determinará el futuro de París. Abandonada la “ciudad de las luces” por las mentes privilegiadas, los Estados Unidos suponen una nueva oportunidad que no será desaprovechada por los artistas.

  Con la finalización del conflicto, Europa quedará en la absoluta desolación, explotando los Informalismos, cuyos argumentos denuncian la tragedia que el ser humano aún vive en sus carnes. Sentimientos comprensibles, pero negativos y pesimistas, por lo que no tendrán cabida en Nueva York.

  La Gran Manzana brilla con luz propia, pues la guerra tendrá consecuencias económicas positivas para los norteamericanos. Se encontraban dispuestos a reflotar la nave, lanzando unas arriesgadas propuestas que lograron maravillar a esa sociedad acomodada y próspera.

  Las artes logran salir de los museos y del encorsetamiento de los tradicionales soportes. El cuerpo humano se transmuta en la propia obra; máquina de protesta e intencionalidad crítica. Incluso se utiliza a la misma naturaleza como esencia principal del producto.

  Parecía que Nueva York había tocado el cielo, que ninguna ciudad o nación le arrebataría el puesto del metafórico faro que alumbre la senda del arte contemporáneo, acogiendo a todo natural e inmigrante cuya trascendencia fuera digna de mención, creando “monstruos” que irrumpieran cual elefante en una cacharrería en los circuitos del mercado artístico.

  Si creíamos que la masiva producción en serie de Warhol iba a quedar para siempre en el Guinness World Records, sólo tuvieron que transcurrir un par de décadas para que Manhattan quedara en un sueño trasnochado.

  El famoso publicista y coleccionista de arte Charles Saatchi, arrancó de cuajo la bandera del triunfo situada en lo más alto del Empire State Building para hincarla en el London Eye; ese titánico ojo metal que propaga las nuevas tendencias al resto del planeta.

  El final de los 90, hizo reflotar la idea de artista para las masas, los Young British Artists, provocadores natos que buscan la fibra del espectador para hacerlos retorcerse en reflexión, sobre todo en el ámbito del oscuro destino al que nos dirigimos sin remedio, tanto en el campo del arte como el de la misma raza, obnubilados por el Dólar, en este caso, por la Libra.

  Saatchi dio a luz a efigies como Damien Hirst o Tracey Emin, no como creativos independientes, sino como brazos extensibles de su empresa. Sus campañas publicitarias los elevaron hasta el punto de que uno no pudiera “toser a su lado”, seres de otras esferas que venden sus obras por cientos de miles de papeles timbrados.

  Fueron ofrecidos como productos caducos con denominación de origen británico, y como tal, llegará el momento en que pasen de moda, pues creemos que no lograrán la suerte de la minifalda.

Trinity - Pharmacology, Physiology, Pathology 2000 by Damien Hirst born 1965

Damien Hirst, Trinity – Pharmacology, Physiology, Pathology, 2000. Tate Modern

  Reconocemos y admitimos el nivel de trasgresión que Londres y sus hoy no tan jóvenes creadores aportaron a la cultura, pero con el paso de los años, nos da la impresión de que la Saatchi Gallery no es un centro para talentos emergentes y efigies consolidadas, sino una cruel fábrica de animales a los que el polémico coleccionista arranca sus partes más jugosas ya en edad de madurez, para ser devorados y exprimidos a conciencia, esputando después sus huesos, sin atisbo de que alguna vez contuvieran materia viva.

  Su capacidad de selección es asombrosa, obviamente apoyado por un enorme equipo que trabaja para/con él, arrojando al mundo a través de la web (http://www.saatchiart.com/) piezas en venta de sus artistas apadrinados. Y la verdad es que, en el 90% de lo que Saatchi representa, existe una originalidad y belleza que podría simbolizar el arte de la nueva era; fresco, potente y de manos inexpertas, pero innegablemente agudas y capaces. Saatchi consigue un rejuvenecimiento de las propuestas artísticas sin necesidad de pasar por quirófano, solo apoyando a las generaciones venideras.

  El peligro deviene con su rápido cambio de gustos, ensalzando lo que cree que en ese momento pueda repercutir en elevados ingresos, y desechando, sin miramientos, lo que ya no da dinero, haciendo que la caída del artífice sea desde una mayor altura, y el salir ileso de este despeño se complica.

  Londres se masifica, ya tiene serios problemas de espacio, incitando a una arquitectura modular y reciclada a partir de contenedores de uso marítimo-comercial. Es la actual capital del mundo, donde todos acuden a por un puesto de trabajo que los libere de la tormentosa esclavitud que genera la inactividad, buscando una vida plena y satisfactoria, aunque la mitad de su sueldo se destine al alquiler de un piso compartido con otras 5 personas más.

  La Sodoma contemporánea podríamos llamarla, y el arte que exporta así lo muestra. Veremos si cuando se pase la fiebre −y no estamos muy lejos− los coleccionistas que se hicieron con alguna de las camas de Emin, deciden finalmente recoger la inmundicia que las circunda, blanquear las sábanas, y recomponer el lecho para ser convertido en habitación de invitados. O ponerla en arrendamiento y así recuperar lo invertido.

  Todo apunta a que será Dubai la nueva ciudad difusora de las artes, aunque tristemente no tendrán cabida las intenciones anti-religiosas. Oriente viene con fuerza, y parece que los chinos no terminan de coger el tren que los desligue definitivamente del comunismo que los enjaula. Si tenemos en cuenta la calidad y profundidad de la obra de arte, Pekín no tiene nada que hacer contra los países regidos por el Corán, siempre con exclusiones por supuesto, y ahí tenemos a un magnífico Ai Weiwei.

  Londres, lo sentimos, pero se aproxima tu final.

David Rafael NoSanzio

Saatchi Artists:

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Li Zhien (China), The Method. $4,600

1305827-6

Suyin Wai (Canadá), Beach at night. $200

1105439-7

Pure Evil (Reino Unido), Prince Philip’s Nightmare. $2,000

88756-11822633-6

Christian Gastaldi (Francia), Sous le Pont CLVIII, $700

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Esta entrada fue publicada el 15 junio, 2014 a las 21:26. Se guardó como Arte Contemporáneo, Crítica social, Historia del Arte, nuevos artistas y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Londres, faro-ciudad del arte contemporáneo, ¿dígame?

  1. LaVulpes en dijo:

    Vaya resumen y atrevida premonicion de la historia del arte! Guay!

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