¡Marchando una de bacalao manipulado sobre cama de langostinos adulterados para la mesa del Führer!

  El genocidio nazi, el holocausto, los campos de concentración, máximos dirigentes nazis, personalidad, comportamiento y gustos del Führer, Albert Speer como literal constructor de los edificios nazis, Eva Braun, el papel de la mujer durante el nazismo, el avance científico nazi, el ocultismo practicado por los nazis, la huída de los nazis tras el final de la guerra, los mítines del líder para la masa, la cara de Hitler al ver ganar a Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín del 36, banderas rojas como símbolo de la sangre derramada con esvásticas, las exposiciones de arte degenerado y, cómo no, el expolio nazi.

  Llevamos una muy larga temporada viendo estos temas (y muchos más) en los medios de comunicación; una fiebre por el nazismo que no dejará de incrementarse hasta que, nuestras glándulas sudoríparas, terminen por convertir las sábanas del lecho en el que sufrimos la afección en algo parecido a los humedales levantinos. El nacional-socialismo es protagonista de periódicos de tirada nacional, revistas especializadas en Historia, portales digitales de cultura y programas de televisión. ¡Un saludo a Iker Jiménez y su equipo!, ya de paso.

  Parece que se ha dicho todo de los nazis, hasta que se desclasifiquen nuevos documentos, por supuesto, para nuevamente dejarnos con la boca, más que abierta, apuntalada cual estructura con aluminosis. Pero… ¿de dónde viene su filosofía? ¿Se la inventaron, o acudieron a renombres del pasado para fundamentar sus ideas?

  Ya que los mass media se dedican a tratar asuntos más evidentes y superficiales, viajaremos al trasfondo del macabro plan perpetrado por Hitler en contra de la Humanidad, buscando las claves teóricas en las que, el propio Führer, se sumergió para recolectar, en vez de la fruta apta para el consumo, las piezas podridas que ya colgaban de mala gana en el arbusto, con el fin de ofrecerlas al usuario, es decir, el recoger selectivamente lo que habían apuntado los pensadores del pasado con respecto al ligamiento entre estética, raza y Estado, para amasarlo y regurgitarlo previa manipulación. Una muestra más del engaño que el pueblo alemán “deglutió” sin recelos, creyendo que eran semidioses que habían venido a la Tierra para liberarla de sus males: el semita, el extranjero, el comunista, y cualquiera que no se adecuara al proyecto de Hitler.

  Imitando a los neoclásicos dieciochescos, el nacional-socialismo se procuró de distinguir las partes más bellas de la “idea” para formular la obra de arte, tal y como Rafael compuso su Galatea hacia 1510 – 1511. En esto Hitler era un especialista, pues se encargó de estudiar las ramas filosóficas de apariencia más conservadora, con el objeto de llevar a cabo su revolución.

  ¿Una revolución conservadora?

La galatea

Rafael Sanzio, Triunfo de Galatea, 1510-1511. Pintura al fresco. 297 x 225 cm. Villa Farnesia, Roma.

  Según el ideario nazi, cada individuo es, en sí mismo, un artista, pues en él habita el “genio creador”, ya sea su aportación la de esculpir monumentos a la raza, o su producto contenga un carácter industrial. Todos construyen bajo las normas del “Príncipe de los artistas”: el Führer, tal y como se había referido Novalis a Federico-Guillermo III en el momento de convertirse en regidor prusiano a finales del siglo XVIII. Aquí, la ironía del nazismo se hace presente, aunque nunca pretendieron ser irónicos, pues, sin reparos, Hitler aludía a este dogma con el término de “la dictadura del genio”.

  En el siglo XIX, el naturalista Taine equilibró el arte con la raza. Para Taine, el arte es una consecuencia del momento que le ha tocado vivir al artista, quien se decanta por el estilo que más se adecúa al ambiente que le rodea. Con esto justifica las robustas figuras de Miguel Ángel, símbolo del “nuevo hombre” del renacimiento: el antropocentrismo.

  La fuerza de la imagen, y el poder que ésta porta, es retomada por el nazismo para el adoctrinamiento popular de una manera rotunda, y así Hitler lo dejó por escrito en su diario de abordo, Mein Kampf (Mi Lucha): la gran masa de un pueblo no está constituida por profesores ni diplomáticos. Quien se proponga ganar a las masas, debe conocer la llave que le abra la puerta de su corazón. Esa llave no se llama objetividad, esto es, debilidad, sino voluntad y fuerza.

  El análisis que hace Winckelmann (1717-1768) del mundo antiguo a partir de la Arqueología, es volcado en la Historia del Arte de la Antigüedad; toda una novedad en su época −1763−, pues en estos años, los estudios arqueológicos eran un asunto todavía “en pañales”. Winckelmann se sumerge en la producción artística conocida hasta entonces de cada una de las culturas más destacadas pertenecientes a centurias remotas, ofreciendo al lector sus diferentes características, tanto genuinas como compartidas de estos pueblos dominadores del Mediterráneo, ya sean hititas, egipcios o fenicios, exaltando las cualidades de los griegos sobre cualquiera de sus vecinos.

  El alemán confiesa que, hubo un momento en la Historia, donde los etruscos superaron a los griegos en cuanto a calidad y dominio de las artes, pues la región helena se encontraba en una situación política inestable, evitando el desarrollo de éstas. Pero también apunta que estos pueblos del norte de Italia se fundaron con emigrantes griegos, evidenciando cuál es su postura.

  Según Winckelmann, el pueblo griego trascendió mayormente con respecto a las restantes civilizaciones por 3 causas principales: el clima, con unas temperaturas estables que permiten realizar vida en el exterior, lo que supone un correcto y sano crecimiento del ser humano; la política, la libertad del individuo a partir de sistemas alejados de la tiranía; y la forma de pensar de aquéllos, individuos preocupados por las artes y las ciencias. Amantes de la belleza física, dotados con la humanidad −piedad y clemencia−, y reconocedores de los méritos del artista (si Platón levantara la cabeza y leyera esto último… A no ser que Winckelmann sólo se refiera a poetas y oradores), son las conclusiones que aporta el teórico para proclamar a los antiguos griegos como el modelo perfecto de imitación. Una visión casi mítica de esta cultura, de la cual, narra que, incluso en tiempos de guerra, actuaban de una manera justa perdonando la vida a sus enemigos, por lo que resultó lo bastante pretenciosa como para que fuera aceptada sin reparo alguno por la mentalidad del nacional-socialismo.

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Si a Winckelmann se le hiciera la pregunta de ¿qué es para usted lo bello?, seguramente respondería sin pensárselo que el Apolo de Belvedere conservado en los Museos Vaticanos de Roma

  El pensamiento de Hegel (1770-1831) y sus reflexiones sobre la estética, serán la fuente primordial del nazismo, eso sí, asimilando su rama más conservadora, en cuanto que la obra de arte es producto del espíritu, siendo lo bello artístico −el que supera a la naturaleza−, el único digno de un estudio filosófico en detrimento de lo bello natural. Puso el dedo en el arte griego como el más puro en cuanto a contenido, materia y forma, pues se preocuparon por plasmar la esencia; no era una representación de la divinidad lo que se guardaba en el naos del templo, era ella misma en todo su espíritu: (…) ha sido en Grecia el arte la suprema expresión de lo absoluto, y la religión griega es la religión del arte mismo, (…), afima Hegel.

  Preocupado por el devenir de la Historia, para Hegel, todo lo que ocurre es consecuencia de su pasado, una especie de bucle en el que el humano nace, se desarrolla y entra en un estado de decrepitud, para con el sacrificio, oprimir sus debilidades y volver a nacer en un estado libre.

  Este sentimiento de superación fue asimilado por el nacional-socialismo como la kultur, poseída únicamente por la raza aria, “creadora de cultura”, diferenciándose de las restantes por ser meros “portadores de cultura”, como segundo rango, y los “destructores de la cultura” −tercer rango: el judío−. La raza “fundadora de la cultura” (kulturbegründer) era capaz de vencer a las tinieblas para liberar su alma, la luz sobre la oscuridad, y así, un sinfín de antagonismos que fundamentan el carácter heroico nazi en esa “lucha de contrarios” que ya proponía Hegel.

  Recordemos también que, el nacido en Stuttgart, ya había incorporado a su pensamiento el Eurocentrismo: la creencia de la supremacía del continente, más concretamente del norte (Alemania y Francia), en tanto que, estos países, eran el culmen del desarrollo −el progreso−. Hegel otorga a los germanos ese “Espíritu”, mediante el cual, se producen las transformaciones a lo largo del paso del tiempo, siendo tres los momentos históricos fundamentales: la caída del Imperio romano, el feudalismo del Medievo, y la Reforma, tal y como apunta el profesor Gombrich (grande donde los haya) en Ideales e ídolos −editado en la segunda mitad del siglo XX−, y repitiendo las palabras del mismo Hegel, estas tres pueden ser descritas como el Reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por lo tanto, la Historia es una creación divina.

  En sus propuestas filosóficas radicales, Hegel utiliza términos como “nuevo mundo” y “realización de la verdad absoluta”: expresiones plagiadas por Hitler en sus mítines −lo mismo que hará con las de Wagner− como defensa de la pureza de la raza.

http://www.youtube.com/watch?v=s73qDk99fMY

Enlace: extracto de la película-documental El Triunfo de la Voluntad (Triumpf Des Willens) de Leni Riefenstahl, 1935

  Wagner (1813-1883) señaló al cristianismo como continuador (con modificaciones) de los dogmas judíos. Religiones, ambas, basadas en la invisibilidad, pues la figura divina no es captada por el medio visual, planteando, con esto, que estas prácticas místicas van en contra de la naturaleza del ente humano. El ojo será la vía para la “realización”, pues la obra de arte no se convierte en tal, hasta que no sea representada en el mundo físico y pueda captarse por el individuo a través de los sentidos.

  El compositor de Bayreuth, fue una de las personalidades que relacionó el Arte con el Estado, adjudicando al pueblo el poder de transformar la visión del mundo a partir de la realización de las artes, lo que él mismo denominó: “la obra de arte común del futuro”.

  Este desplazamiento de la divinidad, a la vez que el ser humano ocupa el puesto que le corresponde, se traduce en Hitler en su concepción de representante de Dios en la Tierra; en el Führer se encarna el mundo celestial para transmitir el mensaje a sus fieles. Una religión que se manifiesta mediante lo simbólico de la sangre −la purificación−, tanto en mítines, celebraciones populares, homenajes, y cualquier acto en el que se difunda la Erlebnis: sentimiento colectivo que trata de convertir el mito en realidad. La misma sensación que Hitler experimentaba al escuchar la música de Wagner.

  Por otra parte, Lessing apuntaba en su Laocoonte −1766− que los antiguos griegos regían el arte bajo leyes civiles, pues éste debía de producir placer, evitando plasmar el artista afectos alejados de la belleza, siendo la finalidad de la obra lo que más interesa al artífice. El artista griego no representa más que lo bello. La belleza vulgar, la de orden inferior, no era para él sino un motivo accidental de sus ejercicios o de sus pasatiempos, dice Lessing.

  También Burckhardt (1818-1897) acudirá al estudio del mundo clásico, pero esta vez aplicado al renacimiento italiano, momento en el que, el individuo, se despoja de su situación gremial ante la sociedad a partir del Humanismo. La primera parte de su obra más conocida, La cultura del Renacimiento en Italia, es una exposición de los sistemas políticos acaecidos durante los siglos XIV y XV, como las grandes o pequeñas tiranías y las consecuentes dinastías: las encargadas de “proteger” las artes.

  El humanista pone en duda la religión, ya que su racionalidad no le permite entrar en plena sintonía con ésta: ese tipo de hombre moderno, representante de la cultura de la Italia de entonces, nació religioso como nació religioso el occidental de la Edad Media, pero su poderoso individualismo le hace totalmente subjetivo en este aspecto como en las demás cosas, y toda la copia de estímulo que sobre él ejerce el descubrimiento del mundo exterior y del mundo espiritual hace de él también una criatura mundanal por encima de todo. La alusión que hace Burckhardt al ideal clásico, asunto que propulsó ese cambio de rumbo en cuanto a la concepción misma del ser humano en las repúblicas del norte de Italia de aquella nueva era, coincidirá con los propósitos del nazismo.

  Acudiendo a los principios teóricos de Fiedler o Riegl, y aplicados a las artes figurativas del renacimiento y el barroco, Wölfflin (1864-1945) se fundamenta en los “estilos”, haciendo en su libro El arte clásico (Die klassische Kunst, 1899) una comparación entre las obras y artistas del Quattrocento italiano −su época predilecta− frente a las del Cinquecento, en las cuales, la serenidad del clasicismo griego había invadido los rostros de los representados. El siglo XVI es portador de una nueva raza, un hombre que invade la forma artística. Lo ingenuo, el detallismo y la narración del Quattorcento, es sustituida por la representación de la dignidad humana; las facciones no muestran la emoción ni los sentimientos, sino que se refugian en la solemnidad. Italia estableció en el siglo XVI los conceptos de distinción que han perdurado hasta hoy en Occidente, apunta el alemán.

  Hitler coincide con Wölfflin en su idea de que también el “Espíritu” entiende de nacionalismo, pues cada región tiene sus propias características de expresión, en tanto que su creador está condicionado por la raza. Sin embargo, discrepa en el “espíritu del tiempo” −Zeitgeist−: esa visión del mundo que coincide en distintos individuos, y en un mismo entorno, durante al menos varias generaciones, ya que los nazis sólo compartían la eternidad del Volkgeist: el “espíritu del pueblo”; las características de una nación que prevalecen eternas a lo largo de la Historia.

  Igualmente, la teoría del superhombre que establece Nietzsche en Así habló Zaratustra (1883), fue acogida por los nacional-socialistas por su simpatía con el vitalismo. Pero leyendo detalladamente esta obra, nos damos cuenta de que Hitler, nuevamente, selecciona los contenidos que le serán útiles para su defensa histriónica de la superioridad de la raza, mientras que otros aspectos son desterrados sin compasión. Y sin compasión es el carácter del superhombre nitzscheano; amante de lo bélico y la crueldad en relación a su actitud combativa ante la vida. El nuevo espíritu resurgirá en el momento en que el individuo olvide toda concepción religiosa: “la muerte de Dios”. Pero el nacional-socialista sí se deja guiar por un líder; sigue a la masa, pues es la opción que se le ha estipulado como correcta, sin pararse a reflexionar sobre hacia dónde realmente se dirige. Nietzsche rechaza ese comportamiento para/con el superhombre, quien defiende su independencia de pensamiento, y por lo tanto, su libertad: valor creado por el ser humano, no por la divinidad, o el Führer, si nos atenemos al nazismo.

  Pero esto no es todo.

  La tradición romántica fue adquirida por Hitler en dos sentidos: por un lado, la admiración al artista y sus logros; y por otro, la adoración por los personajes que hicieron posible el nacimiento de un nuevo imperio dotado con la gracia y la cultura a partir de la destrucción y la aniquilación del predecesor. Puro estilo napoleónico.

  La noche, reino de los sentimientos más recónditos del subconsciente romántico −recurso que también dio sus frutos con el surrealismo algunas centurias después−, era el momento perfecto para los mítines del Führer pues, a horas tardías, el individuo se encuentra en un estado de mayor debilidad mental, así, las “nuevas ideas” eran asimiladas sin apenas oposición. Si a esto le añadimos los efectos de luces −el parpadeo de los pebeteros−, la música, y lo abrumador de una masa hecha un solo cuerpo que dirige su mirada hacia el mismo punto −el líder−, tendremos los ingredientes perfectos para la forja de un ideario y su instantáneo arraigamiento.

  La nostalgia que produce al romántico las ruinas clásicas y góticas, es la misma que aparece en Hitler. El recuerdo de un tiempo pasado, dorado y glorioso, se muestra ante los ojos del hombre contemporáneo en forma de memorándum de la belleza y el esplendor, aunque pondremos en duda que el Führer aceptara el simbolismo a la vanidad del hombre que también encierran estos restos arquitectónicos. Sin embargo, siempre tuvo en cuenta la idea de que, cuando las ruinas de su Imperio salieran a la luz en un período de miles de años, éste fuera recordado por su grandeza y gusto por las artes, tal y como él concibe el mundo antiguo. Así formuló la “teoría del valor de las ruinas”, rechazando los materiales modernos para los edificios de la comunidad, por lo que debían de ser construidos en piedra: la mejor opción con la que enfrentarse a la degradación que ocasiona el tiempo. Aunque él mismo llegará a contradecir esta “ley”, instando al hierro y al cristal para el erguimiento de la nueva estación de ferrocarriles de Múnich, la cual, jamás llegó a levantarse, quedando como otro de tantos proyectos en papel.

  Respecto al avance de la ciencia −desechado por las almas románticas−, parece que Hitler no ocupó demasiado tiempo en conocer los progresos que ésta proporcionaba, a no ser que le fuese beneficiosa para su cometido (como el más que reproducido por los medios Proyecto Lebensborn), considerando las máquinas de guerra un derroche económico. Detestaba la aviación por su miedo a volar, pero sí que tuvo afición por la marina, aunque simplemente le llamaba la atención su estética.

  Se han superado ya las ocho décadas desde que, ese señor de estatura poco pronunciada, de cabellos lacios sujetados por un “plato” militar, y apodado como el Führer, llegara al poder de la Cancillería alemana bajo votación popular, pero de su “legislatura” se sigue hablando hoy día como la gran brecha que dio paso a la edad contemporánea.

  Desconozco en qué tipo de espejo se miraba Adolf Hitler cada mañana para autocalificarse como ente ario de pura raza, si es que podemos llegar a tolerar esa pantomima de rangos distintivos que la genética aporta al plano físico e intelectual, aunque no hay duda de que eran los mismos cristales, mediante los cuales, leía las obras de los teóricos consolidados, presumiblemente de forma cóncava o convexa, distorsionando y tergiversando la realidad en su reflejo.

David RafaelNoSanzio

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Esta entrada fue publicada el 29 julio, 2014 a las 18:44. Se guardó como Arte Contemporáneo, Crítica social, Filosofía, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “¡Marchando una de bacalao manipulado sobre cama de langostinos adulterados para la mesa del Führer!

  1. Desde “tú Lisa, yo Conda” te he nominado al premio METAMORFOSIS … EL PREMIO SIN PREMIO, espero que sea de tu agrado: http://tulisayoconda.wordpress.com/metamorfosis-un-premio-que-hace-honor-a-su-nombre/

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