Esta noche: “Sexy Cecily”, cine para adultos en Canal +

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Cecily Brown, Pyjama Game, 1998. Óleo sobre lienzo, 193 x 249 cm

  Para los de mi generación, aquellos pobres ignorantes llegados al mundo en el amanecer de los 80, la pornografía era todo un enigma. Y digo lo de ignorantes porque no tuvimos la suerte de poseer, en el hogar familiar, la hoy omnipresente conexión internauta durante un momento tan decisivo como es el paso hacia la efervescente adolescencia.

  El porno era un monotema de la raza humana disfrazado de tabú, del que solo se hablaba en petit comité, ya fueran jóvenes, maduros, e incluso octogenarios los integrantes de la distendida charla. El sexo explícito suponía algo inalcanzable para un ser que no levantaba los suficientes palmos del suelo con los que adquirir sin problemas tal material en formato VHS, o papel couché en su defecto, y así poder calmar la impaciente curiosidad.

  La salida era recurrir −quien pudo− al mercado negro, es decir, al compañero de clase que tomaba prestadas (previo disimulo) las cintas de vídeo y revistas de la ingente colección de su “depravado” padre: calificativo que la falsedad moral nos obligaba a pronunciar pública y peyorativamente a causa del indecente mecenazgo de ese pater familias, cuando en realidad lo concebíamos como a un ídolo ante nuestros pueriles ojos, o un magnate del petróleo circunscrito a los negocios sucios, en los cuales, participábamos al más puro estilo Gangs of New York.

  Robar del buzón a nuestro vecino “con pasta” la revista del Canal + (con el único absurdo fin de morir de envidia tras comprobar la cantidad de estrenos cinematográficos y documentales que el susodicho disfrutaba en su amplio sofá de cuerazo color camel), supuso un viaje iniciático en esto de acariciar lo prohibido. Y no me refiero al hurto, pues en este tipo de delito travesuresco ya teníamos experiencia, sino al descubrimiento entre la programación del cine para adultos televisado.

  Viernes. Noche cerrada. El vigía paterno se acuesta. Se levanta con las gallinas, y a esas horas ya ni dos bastoncillos de los oídos colocados en las concas pueden soportar sus párpados.

  Nos adentramos en el sábado. Madrugada, claro. La indestructible vigía materna asea sus piezas dentales como preliminar antes de saludar a la almohada. −¡Por fin solo!

  Con el mando a distancia en mano, preparado para un raudo movimiento dactilar cual John Wayne que haga cambiar al instante la incómoda imagen de la pantalla (en caso de escuchar algún ruido sospechoso proveniente del habitáculo marital), nos convertimos en expertos analíticos de lo abstracto, tratando de dilucidar cualquier elemento distinguible en la supuesta película pornográfica que están emitiendo en la tele, ya que no abonamos la cantidad mensual que la plataforma digital líder de aquel tiempo (si no era la única) pedía para descodificar sus retransmisiones. −¡Creo que eso es un pene!

  Supongo que ya habré perdido la inocencia y el rubor de esos frenéticos años, pero un efecto similar surge con la contemplación de las pinturas al óleo de Cecily Brown (Londres, 1969).

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Cecily Brown, New Louboutin Pumps, 2005. Óleo sobre lienzo, 206 x 205 cm

  Evidentemente expresionista, heredera de la posmodernidad a lo de Kooning, Brown nos ofrece una visión liberadora del placer sexual, en concreto del femenino, tomado el coito como un puro pasatiempo en el que, uno o dos −o más− entes, se obcecan por satisfacer a su/s oponente/s. Nada existe en ese momento aparte de la pasión, sin atender a ningún tipo de límites.

  El lenguaje es la clave, mezclando lo obvio con lo insinuante. Un trabajo mental por parte del espectador para descifrar el jeroglífico compuesto por manchas de color, similares a la viscosidad de un líquido que discurre sorprendentemente hacia lados opuestos, enturbiando el dibujo de muslos, espaldas, piernas, senos, nalgas, axilas, y demás protuberancias que, a veces, logran escapar del caos para que puedan ser identificadas.

  La bovina de la película erótica del plus se ha detenido, apareciendo cada fotograma de manera individual y estática. Se abandonan las primigenias tonalidades grisáceas de ese enmarañamiento de líneas confusas que el canal difunde como medio de disuasión, para impregnarse de un vivo cromatismo clarificador: la pastosidad Kokoschka y el brillo Matisse.

Trouble in Paradise 1999 by Cecily Brown born 1969

Cecily Brown, Trouble in Paradise, 1999. Óleo sobre lienzo. Tate Collection

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Oskar Kokoschka, La novia del viento, 1914. Óleo sobre lienzo, 181 x 220 cm. Öffentliche Kunstsammlung. Basilea

  Pero hablar de Cecily Brown no te supedita a la única referencia en torno a los modernos de la vigésima centuria, ya que los grandes maestros del pasado, igualmente, están presentes: Tiziano y las bacanales, Poussin y la miscelánea entre paisaje y figura humana, o las Pinturas Negras de Goya, aunque a mi juicio, y pese a existir una reminiscencia de base, las Black Paintings de la británica tienen más que ver con la mitología clásica y la lobreguez de Francis Bacon que con el nacido en Fuendetodos.

Black Painting 1 2001

Cecily Brown, Black Painting 1, 2001

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Francis Bacon, Dos Figuras, 1953

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Francisco de Goya, El Aquelarre o El gran cabrón, 1823 (Pinturas Negras). Óleo sobre revoco, trasladado a lienzo, 140 cm × 438. Museo del Prado

  En esto del girl power no es que fuera una pionera, y como ejemplo nos vienen a la cabeza las ilustraciones de Gerda Wegener (1885?-1940).

  Las féminas viven su sexualidad con total impunidad (−¡Ya era hora!), sin el yugo de ser denominadas zorras −o putas, si se me permite− por el simple hecho de comportarse como la naturaleza exige.

  El varón participa, pero sin someterla. No hay macho dominante ni femme fatale, ambos discurren por la misma vereda, y el clímax es su destino.

  Aún así, el protagonismo es para ellas: son las que dan la cara, las que expresan con sus rostros el delirio, practicando posturas de origen hindú ancestral.

  De ellos, llegamos a captar la representación de sus miembros reproductores en erección, o sus cuerpos al completo formando parte de la pareja en un todo mágico.

  El defender la fiereza de Venus en la intimidad es su predilección, algo que queda trastocado en una salvedad acaecida entre la producción de Brown. Atisbamos que este cliché de mujer contemporánea, dueña de su vagina, da un extraño vuelco en una pintura sin título realizada en 2012.

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Cecily Brown, Untitled, 2012. Óleo sobre lienzo, 226.1 x 215.9 cm

  Parece ser que, la intencionalidad de la Young British Artist, era la de ofrecer una orgía consensuada por las participantes, o eso suponemos, pero la impresión es la de estar ante un harén que espera seductor y temeroso a su amo. El atiborramiento de masas corporales y cabellos sedosos de los más variopintos peinados y pigmentos (da igual si son naturales o artificiales), es en realidad un escaparate que dispone de productos en su interior. Las mujeres son captadas por el espectador como unas señoritas de Avignon del siglo XXI, o unas nuevas Olympias, tal vez Odaliscas.

  ¿Quiso Miss Brown componer una simple escena de divertimento ligado al sexo, y nuestra contaminación iconográfica sugestionada por la cultura de la pornografía machista tradicional hace que veamos justo lo contrario: la mujer como un objeto? Todo un desconcierto.

  Puede que tener en la conciencia los baños turcos ingrescos y los burdeles de Lautrec no ayude a traducir el código de esta pintura en particular.

Who run the world?

Girls? Sure?

David RafaelNoSanzio

Cecily Brown The Girl Who Had Everything 1998. Oil on Linen 254 x 279cm.

Cecily Brown, The Girl Who Had Everything, 1998. Óleo sobre lienzo, 254 x 279 cm

Cecily Brown High Society 1998. Oil on Linen 193 x 249cm

Cecily Brown, High Society, 1998. Óleo sobre lienzo, 193 x 249 cm

Sweetie, Cecily Brown, 2001, oil on canvas

Cecily Brown, Sweetie, 2001. Óleo sobre lienzo

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Cecily Brown, Night Passage, 1999. Óleo sobre lienzo, 254 x 279 cm

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Cecily Brown, Untitled (Banquet), 2012. Óleo sobre lienzo, 276.9 x 434.3 cm

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Willem de Kooning, Excavation, 1950

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Ingres, El baño turco, 1862. Óleo sobre lienzo, 108 x 108 cm. Museo del Louvre

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Cecily Brown, Puce Moment, 1997. Óleo sobre lienzo, 142.2 x 193 cm

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Henri de Toulouse-Lautrec, En el Moulin Rouge, 1892. Art Institute of Chicago

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Pablo Picasso, Las señoritas de Avignon, 1907. Óleo sobre lienzo, 243,9 x 233,7 cm. MoMa, Nueva York

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Manet, Olympia, 1863. Óleo sobre lienzo, 190 x 130.5 cm. Museo de Orsay, París

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Gerda Wegener, Les Delassements d’Eros, 1925 (serie). Acuarelas

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Esta entrada fue publicada el 17 agosto, 2014 a las 13:17. Se guardó como Arte Contemporáneo, Crítica Artística, Crítica de Arte, Crítica social, Experiencias, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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