¡Ejem! ¡ejem! Creo que su hijo necesita gafas…

  La necesaria superficialidad de ir a cortarse el pelo (más que necesaria en mi caso, ya que el cabello ondulado que la genética me dio, tiende a crecer hacia arriba) ha llegado a convertirse en una cita con el debate.

  Acudo a la peluquería del barrio, propiedad de un matrimonio al que conozco de toda la vida. Incluso recuerdo que, de pequeño, fueron ellos los que me adjudicaron el apelativo de “el de la moña”. A los 12 ó 13 años no había, ni siquiera, olido el alcohol, así que supongo que el mote se debía a mi peinado de aquellos momentos: cabeza rapada al cero, y una extraña mata capilar sobre la frente; una especie de adelanto a los estrafalarios cortes capilares tipo estrella del fútbol de la actualidad. ¿El Cristiano Ronaldo del distrito?

  Hoy día, voy una vez al mes a este establecimiento para “ponerme guapo”, y siempre a primera hora de la mañana (puede sonar extraño, pero me encanta madrugar).

  Sentado en el cómodo sillón de barbero, y esa enorme capa sujeta al cuello cual Harry Potter para evitar que el cabello sobrante vuelva a ser parte de mí mismo bajo la camiseta, Juan –el artífice, cuya herramienta son las tijeras− lanza la pregunta de rigor: ¿qué hacemos hoy?

  Una vez decidido si pasarme la máquina “al 1, o al 2”, con el objetivo de hacer desaparecer ese comienzo de rizo que tanto me cuesta dominar (y ya recién levantado, ni os cuento), la conversación opta por emular a dos borrachos que tratan de arreglar el mundo. Desde la mala situación económica y laboral que nos ha tocado vivir, hasta la poca (o ninguna) aceptación cultural de la peluca en España, así como de los tintes masculinos.

  Estamos acostumbrados a ver cómo las féminas cambian el color de sus cabellos a partir de los productos químicos, originando comentarios tipo: te queda muy bien o, estabas mejor de morena. Pero si un caballero decide cubrir sus canas, es inmediatamente ridiculizado a causa de su aspecto de forzada juventud, pues tendemos a agregar a su originario apellido el de Berlusconi, con un claro motivo de mofa.

  Hace pocas jornadas que hice mi última visita a Juan. En esta ocasión, le tocó el turno a los grandes negocios de la humanidad como temática a tratar.

  Todo parte de mi supuesta falta de vista, ya que a veces me es imposible apreciar nítidamente los números, sobre todo si la cifra alcanza una longitud considerable. A lo mejor la culpa no la tengo yo, y son ellos los que se dedican a bailar La Lambada en el instante en que trato de enfocarlos.

  Juan, que lleva gafas desde los 12 años, me contó cómo su hijo (al que también se las pusieron de niño), optó por desecharlas durante la adolescencia, pues estaba convencido de que veía perfectamente, aunque el oculista se empecinara en demostrar lo contrario.

  Las teorías de su primogénito eran ciertas, acostumbrando al ojo a no tener que apoyarse en los cristales graduados.

  Qué extraño que, cada vez que vayas a tu centro oftalmológico, tu visión sea más precaria que en la anterior entrevista, teniendo que aumentar la graduación de los lentes, lo que conlleva a la elevación de los ingresos de esas instalaciones que irónicamente velan por tu salud.

  ¡Obvio!, estás obligando a la vista a transmutarse en una “Nini”: ni estudia ni trabaja. Ella misma se apoltrona en su lecho transparente, el mismo que realiza la labor que debería de desempeñar nuestro sistema ocular.

  Por supuesto que habrá salvedades, pues existen personas que ya nacen con deficiencias en su visión, pero eso de ir con tu hijo pequeño al oculista para comprobar que ve perfectamente, es una condena al culo de botella como elemento decorativo facial.

  Yo mismo he vivido esa situación, ya que cuando todavía iba al colegio, me pusieron unas gafas de descanso. ¿Descanso, de qué? ¿Mis ojos se iban “de farra” mientras yo imitaba a Endimión?

  Obviamente me duraron poco, pues no apreciaba la diferencia entre gafas puestas/gafas sobre el escritorio, así, que en el atril se quedaron.

  Ya sé que había mencionado que, hoy día, una larga fila numérica me parecía una verbena, pero si sus dimensiones son las de una mota de polvo, y para colmo, los dígitos están más juntos que los japoneses dentro de un vagón de metro en hora punta, ¿quién no se tiene que acercar el papel para poder distinguirlos perfectamente?

  Esta crítica entre peluquero y cliente al gran negocio de los oculistas, el cual, se encuentra a la altura de la élite que conforman esos señores y señoras que arreglan nuestras dentaduras −quienes sabiamente jamás recomiendan el uso del hilo dental, pues sería el fin de las caries a tutiplén−, se desplegó en una reflexión sobre el poco ejercicio al que se ven sometidos nuestros ojos, debido al emplazamiento urbanita de la mayoría de seres humanos que habitamos el planeta.

  Los enormes edificios y demás estructuras de las ciudades contemporáneas, hacen que el punto más lejano al que dirigir nuestra mirada sea la calle de enfrente, o el final de una gran avenida, como mucho.

  Ya no necesitamos mirar al sol para saber en qué momento del día nos encontramos, ni a las estrellas para poder orientar el viaje durante la noche. Tampoco agudizar la vista entre la maleza para dilucidar a nuestra presa, o simplemente disfrutar de un amanecer desde los vanos de la choza.

  Solo captamos nuestro entorno más inmediato, lo que repercute gravemente en la capacidad de visión, quedando cada vez más mermada con el transcurso de la evolución. Y si encima la forzamos a que la vagancia sea su bandera, pues apaga esa luz y vámonos, que con las reformas del Gobierno actual, se ha convertido en objeto de lujo, y la nómina no me da para abonar la factura.

  Lo dicho, más ejercicio visual y menos estafas médicas.

  Una muestra más de la necesaria vuelta a los orígenes que nos haga trascender como raza. Hagamos buen uso de los avances, sin olvidar que somos animales.

  Aquí os dejo una selección de las gafas más famosas de la Historia del Arte.

corbusier_22

Le Corbusier (1887-1965): el arte de la transparencia en arquitectura

Gauguin

Paul Gauguin (1848-1903): el arte del exotismo

goya

Francisco de Goya (1746-1828): el arte de lo social y lo tenebroso, o ambas cosas a la vez

Ono And Lennon

John Lennon (1940-1980): el arte de imaginar un mundo mejor

warhol

Andy Warhol (1928-1987): el arte de la producción en serie

dali

Salvador Dalí (1904-1989): (casi) todo él, es arte

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Esta entrada fue publicada el 7 septiembre, 2014 a las 18:23. Se guardó como Arte Contemporáneo, Crítica social, Experiencias, Filosofía, Historia del Arte y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “¡Ejem! ¡ejem! Creo que su hijo necesita gafas…

  1. buen articulo el ultimo que leo antes de dormir, saludos!

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