Argos Panoptes: el flâneur contemporáneo

  Partiendo de Edgar Allan Poe (1809-1849), Charles Baudelaire (1821-1867) consigue transmitirle al concepto de flâneur un valor añadido que lo distancia de su primigenia esencia de desprestigio enraizada en el siglo XVII: la del individuo extremadamente ocioso que cae en la vida contemplativa y que elude la posterior reflexión de lo adquirido a través de los sentidos. Gracias a Baudelaire, pasa a convertirse en un observador que ha sabido apreciar la diferencia entre “ver” y “mirar”; un receptor que almacena para su enriquecimiento personal cada novedosa imagen de lo urbano −en el sentido más amplio de la palabra− que aparece ante sus ojos.

  El flâneur es primogénito de la renovación: la de la propia persona, que repercute en lo social, y que a su vez, se refleja en la ciudad.

  La Revolución Industrial trajo consigo profundas transformaciones, tanto en el plano físico como en el abstracto, produciendo un cambio de rumbo que devendrá en el “nuevo orden mundial”, el mismo que en la actualidad vemos cómo se desmorona, para poco a poco ser sustituido por el plan globalizador del siglo XXI.

  Las artes no iban a quedar desligadas de este trasiego, pues la arquitectura y el urbanismo que a ésta contiene en su seno, abrirán sus decimonónicos brazos en señal de acogimiento a los trascendentales materiales de construcción con los que adquirirán esa sensación de volatilidad y trasparencia que maravillará a los transeúntes, quienes quedaron obnubilados por la innovación.

  Son todas estas primicias las que llevan a Baudelaire a transmutarse en un explorador de esa selva de hierro y cristal en la que se había convertido el París del XIX: capital −en ese entonces− de la modernidad artística a una escala nunca antes lograda, retornándose al bullicio de la masificación que había quedado en el olvido con la Roma Imperial.

  Si el protagonista de El hombre de la multitud (1840) de Poe ya persiguió entre la marea humana a un enigmático señor de avanzada edad que le hará penetrar en el entramado londinense, Baudelaire igualmente se embarcará para navegar a través de la hueste, pero con una finalidad lucrativa y existencial: un viaje que parte del hogar privado al espacio público, esta vez con las rues parisinas como telón de fondo, invadidas éstas por los hitos arquitectónicos que refugian, y a la vez dispersan, al conjunto poblacional.

  El autor de Las Flores del Mal (1857) se obsesiona con el concepto de lo efímero, lo pasajero, entendiendo esto último en dos de sus distintas acepciones semánticas: lo que dura poco (la moda), y un lugar por el que se puede transitar.

  En El pintor de la vida moderna (1863), Baudelaire relaciona al flâneur con el dandi: hombre cuyas rentas le proporcionan un tiempo libre que emplea en la captación de todo cuanto le rodea, acicalado como un pre-gentelman leyendeckeriano adecuado a su época, gozoso con cada impresión que la ciudad y el gentío le brindan.

  El flâneur participa en el engrosamiento de la masa, pero permanece psicológicamente distante, sin dejarse llevar por la corriente. Se limita a su análisis, a “ver los toros desde la barrera”, pero sin la obligación de alzar su pañuelo blanco pedigüeño, o de instar a la ovación tras un buen muletazo del que viste de luces, simplemente se dedica a tomar apuntes mentales de lo acaecido durante la polvorienta jornada en el ruedo, para una vez, ya de regreso a su hábitat privado, tomar conciencia de ello.

  La curiosidad hace al genio, representado para Baudelaire por el Sr. G. −Constantin Guys (1802-1892)−; el único que supo interpretar la indumentaria de la modernidad, trasladados estos modelos al papel, y convertidos con el transcurso de los siglos en documentos que definen una era. Sombreros de copa e incómodos pero elegantes faldones, pasean juntos por las galerías comerciales (passages) surgidas en París a partir de 1822. También a través de los pabellones de las Exposiciones Universales, y las grandes avenidas de aceras estrechas dominadas por el adoquín de la calzada haussmanniana tras la famosa remodelación comenzada en 1852. En la ciudad proliferan los entornos transitables destinados al deleite del urbanita, una fuente inagotable de “apariciones” con las que se nutre el flâneur.

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Constantin Guys, Encuentro en el parque, 1860. Lápiz y acuarelas sobre papel

  Muchos fueron los artistas y pensadores que se dieron cuenta del impacto trascendental que conllevarán las transgresiones urbanas de aquel París. Honoré de Balzac (1799-1850) y Charles Fourier (1772-1837) dejaron constancia en sus escritos de los espacios que hacían las delicias del flâneur: los pasajes; vías cubiertas por el vidrio y vertebradas por locales comerciales que exponían sus productos de lujo a los viandantes, los mismos escaparates que obsesionarán posteriormente a los surrealistas debido al juego producido entre producto ofrecido y el efecto reflejo del material transparente que los ampara.

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L’ Arbe à Cannelle

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Precursor de la fotografía surrealista: Eugène Atget, Magasin, avenue des Gobelins, 1925. MoMA

  Asimismo, Walter Benjamin (1892-1940) dará su opinión desde una perspectiva algo más alejada en el tiempo, concibiendo París como un laberinto invadido por la mercancía. Aspecto vinculado a lo económico que igualmente había escudriñado Georg Simmel en La metrópolis y la vida mental (1903), haciendo referencia al intermediario entre productor y consumidor, agente que distancia a estos últimos, imposibilitando la relación directa.

  Por su parte, David Harvey se encargará en la actualidad de describir el capitalismo ensalzado durante el mandato de Napoleón III, además de los propósitos del Barón urbanista (anteriormente citado) que “limpiará” los barrios de París a base de expropiaciones e idearios poco democráticos en París, capital de la modernidad (2003).

  Entre toda esta amalgama de cambios se mimetiza el flâneur, que acabará por valerse de la tecnología para el registro de sus impresiones. Las emulsiones de Daguerre (1787-1851), logradas a través de los vanos de los edificios, serán las primeras vistas congeladas de la fantasmagórica urbe; del interior al exterior, hasta que la cámara fotográfica transportable servirá cual fiel herramienta del sediento flâneur, tal y como afirma Susan Sontag en Sobre la fotografía, ensayo publicado en 1977.

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Louis Daguerre, Boulevard du Temple, 1838

  Los desgraciadamente nada habilidosos con las artes plásticas (algo que él mismo afirma en sus escritos) como Maxime du Camp (1822-1894), vieron en la fotografía la oportunidad de traspasar, desde el intelecto hasta la realidad física, esos “rincones exquisitos” de una manera perenne y detallada. Amplió las fronteras de la flânerie, llegando a países exóticos −a los ojos del europeo− como Egipto, capturando para la posteridad los inicios de la Arqueología faraónica a modo de iniciáticas postales turísticas que tanto furor causaron en occidente, desahogándose el usuario de la frustración que les acarreaba el no poder emprender el aventurero tránsito por sí mismos, conformándose con la recreación obtenida a través de estos panoramas impresos.

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Maxime du Camp, Abu Simbel, c.1850

  En ese entonces, eran unos pocos privilegiados los que poseían, tanto un aparato mecánico que plagie instantáneamente lo deseado, como fondos para emprender un viaje, siendo hoy día un artículo y una posibilidad, respectivamente, al alcance de una parte bastante amplia de la población mundial.

  El flâneur de la contemporaneidad se ha convertido en un experto de la selección visual. Abrumado por la cultura de la imagen, utiliza su bagaje y su talento innato para poder filtrar la imparable saturación óptica a la que nos vemos sometidos diariamente.

  Pero no solo es este esfuerzo la única diferencia en la evolución del “observador callejero” que proponía Baudelaire con respecto a nuestros días. La comunicación internacional y nuestros perfiles en las redes sociales, hacen que se complique el discurrir inadvertido por la masa, llegando en ocasiones a pasar, de ser un contemplador ajeno, a transfigurarse en un cuerpo señalado. Y no nos referimos precisamente a una especie de autotransmutación en continente americano situado frente a la arquetípica postura de las representaciones artístico-honoríficas de Cristóbal Colón, pues con una simple mirada cómplice, ya sabemos que hemos sido reconocidos.

  Debemos, igualmente, tener en cuenta lo difícil que resulta el deambular desapercibido con la instauración del voyeurismo como deporte nacional en las sociedades contemporáneas −sea cual fuere tu lugar de nacimiento o residencia−.

  El alma del flâneur ha quedado asimismo bifurcada. Por un lado, existen los que conscientemente asaltan la vía pública en busca de la primicia, y por otro, están los que involuntaria y sustancialmente se convierten en flâneurs digitales, captando con sus teléfonos móviles el motivo que en ese instante les ha llamado la atención, tanto lo rutinario como lo sorpresivo, para ser compartido con el resto del planeta en cuestión de segundos a partir de las aplicaciones interactivas instaladas en los terminales. Como ejemplo, es ineludible mencionar Instagram, la cual, podríamos calificar de templo moderno del voyeur y el flâneur (o ambos a la vez en una misma persona).

  Otro de los pasos revolucionarios de la flânerie contemporánea tiene que ver con el lugar de partida (hogar-espacio público).

  Las computadoras personales conectadas a internet permiten al flâneur vivir la experiencia sin salir de su habitación. La fotografía satélite ha hecho posible que, programas como Google Earth, ofrezcan a los usuarios una visión fidedigna de lo que el astronauta naturalmente disfruta desde su puesto de trabajo, con el plus de poder aproximarnos a cualquier estado, ciudad o paraje que compone el globo terráqueo, incluso hasta llegar a pie de calle, abandonando el plano cenital por la steadycam subjetiva. La pantalla del ordenador son los ojos del indiscreto, dirigidos por el cursor a base de clicks sobre el cristal líquido, pudiendo permanecer impávidos ante lo remoto y lo desconocido, visitando lugares localizados a miles de kilómetros sin la necesidad de transportar nuestros cuerpos. El ser un ente ajeno a los viandantes está garantizado, pues al tratarse de imágenes capturadas y recompuestas por la informática, no existe el tiempo real.

  Dentro de las redes sociales, un reclamo para el flâneur virtual podría ser una firma que ya nos tiene acostumbrados a dejarnos sin aliento, la casi impronunciable Tumbrl. Creando tu propio perfil, puedes compartir textos, citas, vídeos y enlaces, aunque el 99% de los post “colgados” en la red de esta plataforma se refieren al archivo en imagen. No importa la temática, predominando las curiosidades, entre las que se encuentran, obviamente, las artes.

  Se ha convertido en la biblioteca internauta visual por excelencia, contenedora de millones de capturas que son exhibidas en tu página de inicio personalizada a modo de carrete infinito (una delicatessen para el flâneur), compiladas por los usuarios y luego “reblogeadas”, es decir, nos apropiamos de ellas para ser nuevamente lanzadas a la dehesa estelar de reproducciones que conforma el universo de Tumbrl, las cuales, alcanzan las antípodas en una fracción de segundo.

  Los avances tecnológicos colman el apetito del flâneur, pero ni siquiera la realidad virtual puede sustituir la verdadera experiencia de sentir los agentes climatológicos en nuestra piel, los sonidos que emite la ciudad, el movimiento constante de luces, objetos y transeúntes, y el conducir el rumbo de la manera más arbitraria posible. En muchos aspectos, la máquina ha logrado superar a su creador, siempre que no hablemos de emociones; lo único que nos diferencia de un aparato electrónico, aparte de la carcasa.

  Las constantes transformaciones a las que son sometidas las ciudades actuales y las tribus urbanas que en ellas residen, componen un campo de minas que “explotan” ante el rostro estupefacto del flâneur, éste algo trastocado si lo comparamos con el observador baudelaireniano, aunque sigue manteniendo ese signo distintivo que lo sitúa en un escalafón social privilegiado, utilizando sus sentidos como un arma de doble filo que engrandezca su intelecto.

  ¿Quién no se ha lamentado alguna vez, al comprobar, cómo la masa circunda las esculturas localizadas en plazas o avenidas sin que esta mole viandante le lance, ni si quiera, un tímido repaso visual?

David Rafael NoSanzio

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Esta entrada fue publicada el 19 septiembre, 2014 a las 10:58. Se guardó como Arquitectura, Arte Contemporáneo, Crítica Artística, Crítica de Arte, Crítica social, Fotografía, Historia del Arte, Urbanismo y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

4 pensamientos en “Argos Panoptes: el flâneur contemporáneo

  1. Preciosa (en todos sus sentidos) entrada! Y Rimbaud le añade a eso el “desarreglo” de los sentidos que es toda visión poética. Una reflexión sobre la percepción estética actual muy lúcida. Gracias, D. R.!

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