Pareces un lamassu

   Tampoco es ninguna novedad. Hace ya algunos años que la moda masculina insertó en su repertorio el vello facial como un complemento más.

  Se comenzó, allá por el 2003, con la recuperación del mostacho, bien perfilado y de poco espesor: una especie de cliché del galán de Hollywood.

  Poco a poco, la hojilla de afeitar perdió protagonismo, dejando que la superficie capilar cubriera la totalidad del espacio comprendido entre la nariz y el labio superior, al tiempo que ésta crecía en volumen. Si alguna vez habéis visto películas pornográficas de los 70, sabréis a qué tipología me refiero.

  El exceso de bello, hizo que las mentes más nostálgicas y creativas (a la par que atrevidas), emplearan más tiempo en el acicalamiento de este distintivo varonil, engominando sus puntas para producir el efecto húmedo y ondulado al que Salvador Dalí recurrió como una extravagancia propia del artista.

  Lo siguiente sería colgarse abalorios de los rizos ascendentes, pero la sociedad no estaba tan preparada como para asimilar esto, por lo que el look del hombre actual echó mano de la barba para poder continuar el divertido mundo de las tendencias.

  Atrás quedo la época de acudir a una entrevista de trabajo con la faz rasurada a nivel militar, es decir, de un apurado tan profundo, que evitara la llamada de atención por parte del capitán al pasar su dedo por tu mentón y notar la más mínima aspereza.

  Lo de dejarse crecer la barba, comenzó a tomarse en serio. Ya sabemos que determinadas aportaciones que la moda instaura, son admitidas y utilizadas por un conjunto poblacional limitado: concretamente, el interesado en este negocio de la imagen que mueve miles de millones de dólares anualmente.

  No es éste el caso de la barba, pues es evidente que ha penetrado de tal forma, que todo “hijo de vecino” porta orgulloso la suya. Esta aceptación popular se debe a múltiples factores, entre ellos, que no necesita de ningún desembolso (a no ser que trates tu barba como objeto de culto y acudas cada semana al barbero para que la vuelva a “sintonizar”. Y de estos, debe haber muchos, pues el negocio de la barbería −pilotes helicoidales en rojo, azul y blanco incluidos− ha vuelto a resurgir, extrañamente, entre esta sociedad de la inmediatez y el frenetismo).

  Pero lo que mejor justifica dicha tolerancia, es la existencia de precedentes. No existe el tan respetado “miedo a lo desconocido”, pues el hombre barbado ha estado presente en todas y cada una de las edades que la Historia ha ido dejando a su paso.

  Hace ya varios días que coincidí con un amigo, quien deja crecer su barba con arbitrio, llegándole (casi) a la altura del pecho. Maravillado por su aspecto rollizo, y de un cuidado que rozaba la pulcritud, solo pude lanzarle un piropo: −pareces un lamassu, algo que de entrada no le sonó bastante bien, pero gracias a la tecnología, pude salir airoso del aprieto.

  Mientras me miraba con la ceja levantada como insignia de acritud, saqué de mi bolsillo el teléfono móvil para pedirle “al que todo lo sabe” −Google− una imagen que pudiera sacar al muchacho de la duda engendrada tras la acusación de haberlo igualado a un lamassu.

  Una fotografía del conservado en el Musée du Louvre procedente del palacio de Sargón II en Jorsabad (quizá el lamassu más reproducido en los libros y enciclopedias) me sirvió como apoyo visual mientras le explicaba brevemente el origen y la función de dicho animal fantástico: −la cultura asiria colocaba estos toros alados androcéfalos en los accesos a la dependencias más importantes de los palacios como símbolo de protección. Tienen cinco patas, para ser vistos de frente y de perfil.

  No le conté mucho más sobre estos genios de la Antigüedad, pero sus “ojos como platos” desvelaban estupefacción.

  El pasado fin de semana volvimos a encontrarnos en un local nocturno. Había acicalado su barba con tenacillas hasta crear rizos perfectos en ella, y sujetados, estos, con un hilo metálico dorado a modo de bandas horizontales. Todo un espectáculo, delicioso a mi parecer.

  Parece que, lo que en principio fue tomado como insulto, supuso una apertura al conocimiento, el cual, terminó por ser tomado como modelo.

  Me contó que había sacado de la biblioteca todos los ejemplares que pudo acerca del arte del Próximo Oriente antiguo, quedando obnubilado y atrapado por los misterios de estos pueblos, tan guerreros como mágicos.

  Con un semi-abrazo (para no destrozar la decoración de sus ríos capilares) nos despedimos.

  No me pude ir más contento a casa. A mí que me gusta mucho el color que aportan ciertos ciudadanos a las calles de nuestras urbes gracias a su aspecto –fuera del aburrimiento de lo común−, estaba feliz por haberle aportado una fuente histórica a la hora de construir su apariencia externa (aunque eso del hilo dorado, creo que era más propio de los egipcios), además de por despertarle la curiosidad: la herramienta con la que se esculpen los sabios, haciendo que se empape de la historia que antaño fuera testigo el entorno de los extensos caudales del Tigris y el Éufrates.

  Después de todo esto, recordé que una vez le dije a mi querida madre (antes de verla partir de cena con las amigas) que se parecía a la Judith de Gustav Klimt. A las pocas semanas, tenía en su habitación dos reproducciones del sensual artista pendidas de la pared.

  En ese momento no caí, pero es obvio que el comentario le intrigó, y tuvo sus resultados.

  Así que ya sabéis chicos y chicas, decidle a vuestras respectivas parejas que se parecen al mito sexual que más idolatréis, a ver si tenéis suerte…

David RafaelNoSanzio

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Gustav Klimt, Judith I, 1901. Galería del Belvedere, Viena

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Esta entrada fue publicada el 26 octubre, 2014 a las 12:32. Se guardó como Crítica social, Experiencias, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Pareces un lamassu

  1. Entre las grandes barbas del arte clásico tengo preferencia por la del Posidón Artemision, me maravilla cómo el artista trabajó el bronce hasta conseguir esa fusión entre los mechones de la barba y el bigote.

  2. Es una de mis obras de Arte Antiguo favoritas…

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