Apolo, Dionisos y Francis Bacon

  Para Francis Bacon (Dublín, 1909 – Madrid, 1992) el universo se dividía en dos latitudes perfectamente diferenciadas, aunque complementarias la una de la otra. Por un lado se encontraría la concepción de la belleza, concretamente la masculina; y enfrentados, el resto de aspectos mundanos, véanse la pasión, el amor tóxico, la muerte y las sustancias en estado líquido que llevan a la desinhibición. Ambas esferas se alojaron en su subconsciente hasta fusionarse, y con esta miscelánea entre pureza y decadencia logra plasmar sobre el lienzo lo que muchos observadores de su obra se ofuscaron en tildar de violencia. Francis corrigió mientras tuvo aliento: “el arte nunca alcanzará la violencia real de la vida misma”.

  Los metafóricos algodones en los que descansaba su neonato cuerpo se hallaban impregnados de la naftalina protestante y puritana made in Britain; la estancia familiar en la colonia sudafricana lo adoctrinará en el color al contemplar la carne despiezada en el matadero anejo a su residencia; tras una parada en el Berlín de finales de la alocada vigésima década absorberá, con tan solo 16 años, la anhelada libertad emocional y el libertinaje; la ciudad de París, y en medio de una picassiana exposición, le despertó la inclinación hacia el oficio gracias al cual ocupará un lugar destacado en las páginas de los diccionarios enciclopédicos: la pintura, iniciándose en esta andadura de la mano del también artista Roy de Maistre.

  A Bacon le influyó todo cuanto le rodeaba, dejándose llevar por el poder de la imagen. Acumuló en su estudio de Londres miles de recortes de papel, tanto fragmentos de revistas como las hojas arrancadas procedentes de libros inspiratorios, cuyo brillo original de la impresión había sido mancillado por las machas aceitosas de los pigmentos que le circundaron. Se sirvió de los clichés y las curiosidades que la fotografía, el cine y la Historia del Arte en toda su amplitud le proporcionaban, para así representar lo que mayormente le atraía: la apariencia externa de la estructura ósea y muscular del varón; la suya propia y la que portan sus amantes.

  Su concepto del amor es solo entendible por aquellas personas que viven (o lo han hecho alguna vez) bajo el frenetismo y la inestabilidad que suministra la drogadicción, quienes conciben las relaciones con sus semejantes como un torbellino de sentimientos que permanecen oscilantes entre los límites del respeto y el más absoluto de los desprecios, siempre cegadas dichas personas por la ambición posesiva, esto es, la obsesión.
Aunque no hace falta el consumo de estupefacientes para entregarse a Eros de esta forma tan destructiva como edificante, los cambios de humor y la irracionalidad que supone la ingesta de alcohol ayudan a perder la noción del civismo y la humanidad, haciendo que se actúe con desvarío, e imposibilita la recuperación del control previamente desatado.

  La existencia de Francis estará marcada por la huella que los hombres con los que compartió lecho dejaron en su corazón, en su piel y en sus carnes. Nombres como Eric Hall, Peter Lacy, George Dyer y John Edwards forman parte de la propia biografía de Bacon, pues le hicieron amar, sufrir, soñar, pintar y beber.
Su aspecto débil y quebradizo acentuado por el asma no debe llevar a engaño, ya que Francis albergaba en su interior el más cruento de los volcanes: pico terroso inofensivo en primera instancia, pero que al despertarse, engendra el caos y la destrucción a su paso. Ser afable, reflexivo y con sentido del humor, aunque en la privacidad se codeara con el morbo, la libido, el sadomasoquismo y los objetos volantes sí identificados contra su enamorado oponente cual armas de la lucha marital.

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Francis Bacon, Estudio para la cabeza de George Dyer, 1966

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Fotografía de George Dyer

  El irlandés utilizó a sus rudos y atractivos compañeros sentimentales como modelos para un extenso número de los trípticos y retratos que le adjudicaron la merecida fama, cuyo resultado son verdaderos estudios anatómicos de la postmodernidad en los que participa el movimiento y el lugar que estos cuerpos ocupan en el espacio, por lo general, la misma habitación donde se encontraban cuando fueron tomados del natural, o captados por una instantánea fotográfica. Sobre la cama, descansando en butacas, o inmersos en sus quehaceres diarios, por ejemplo, llevando a cabo el ritual del afeitado. Allí estaba el artista para asistir a estas −para él− excitantes ceremonias, observando detenidamente cómo su divinidad carnal de turno desprendía feromonas con un simple cruzado de piernas.
Son momentos de fascinación mutua, ternura y complicidad que se ven sometidos a la volatilización más explosiva con las discusiones, las disyuntivas y las copas de más.

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Francis Bacon, Retrato de George Dyer, 1966

  Estos alicientes son los motores de arranque que hacen emanar las teorías de “lo apolíneo” y “lo dionisiaco” en la producción de Francis Bacon. Son ideas fundamentadas en la religión de la Grecia clásica, extraídas de la literatura (la tragedia), y asentadas en la eterna lucha de contrarios, luego traducidas contemporáneamente como herramientas claves con las que formular corrientes que analizan la construcción del pensamiento occidental, entre ellas, la “voluntad del individuo”. En esto, Nietzsche tuvo mucho que decir.

  Pese a su laicismo empedernido, el influjo de la religión en Francis estará más que presente, recurriendo frecuentemente a iconografías como la de la Crucifixión. Siempre respetó a los que vagan aferrados a la fe, considerándolos personajes interesantes, pero equivocados, pues no conocen la verdad.
Aunque fuera desconocedor de ello, era practicante de la tradición pagana, fundamentada en las emociones y los afectos, ya que el humano se veía inducido por las distintas características personales de los que habitaban en el Olimpo, justificando el motivo de sus acciones y reacciones. El mismo precepto que se empleó en el Mundo Antiguo para tratar de comprender los procesos y el comportamiento de la naturaleza, vinculados también a las deidades.

  Con cada visión embelesada a los perfiles faciales, muslos, nalgas y trapezoidales espaldas de los hombres a los que adoró cual becerro de oro, Francis lanzaba plegarias a la simetría, la proporción y el orden, estos son, símbolos de Apolo. Igualmente, al dios de la belleza masculina se le relaciona con los misterios y la adivinación, haciendo de puente entre mundo celestial y terráqueo mediante los oráculos y las pitonisas, causando la entrada en trance de dichos transmisores del mensaje; idéntica ensoñación que experimentaba Bacon ante los atributos físicos del varón.

  Cuando el dragón desataba su furia, sexual y violenta, y se dejaba arrastrar por el frenesí genuinamente animalístico, el artífice rendía culto a Dionisos: lo orgiástico, el delirio, los impulsos incontrolables, el arrebato. El contacto de los torsos, la consecuente chispa y el vino, hacen que las Ménades y las Ninfas despierten de su letargo para bailar ansiosas alrededor de los sátiros, quienes las miran con deseo hasta ser incapaces de soportar el no abalanzarse sobre ellas.

  Si Apolo es la luz y la claridad, es decir, lo bello, Dionisos es la penumbra y la oscuridad; lo tétrico. Ambas vigentes en la pintura de Francis Bacon, la primera representada por la devoción hacia la figura masculina, la segunda, acaecida en las escenas entronizadas en la sexualidad y el erotismo, además de por ese extraño vacío creado en las atmósferas silenciosas de Bacon, en ocasiones, bañadas por el más puro de los azabaches en claras referencias a Goya.

  La tragedia griega le persiguió durante toda su vida, sobre todo en los momentos cúlmenes del éxito y el reconocimiento. El mismo día de la inauguración de la gran retrospectiva de 1962 que la Tate Gallery de Londres organizó en honor a Francis, se le comunicó el fallecimiento de su antiguo amante Peter Lacy. Nueve años después, el Grand Palais de París le dedicó una nueva y triunfal exposición a su nombre. Dos jornadas anteriores al pistoletazo de salida del evento, Francis se entera de que han encontrado muerto a su compañero de entonces, George Dyer, a quien le terminó por dedicar varias obras como alegorías de la dolorosa despedida.

  Cuando a Francis Bacon le preguntaron en una entrevista que qué le gustaría ser si no fuera pintor, él respondió rotundamente: “¡nada!”.

David RafaelNoSanzio

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Francis Bacon, Tríptico en memoria de Georges Dyer, 1971

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Francis Bacon, Tres estudios para un retrato de John Edwards, 1984

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Francis Bacon, Estudio para un retrato, 1981. Décimo aniversario de la muerte de Dyer

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Francis Bacon, Dos figuras, 1953

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Francis Bacon, Estudio para un retrato (Peter Lacy), 1957

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Esta entrada fue publicada el 26 noviembre, 2014 a las 22:23. Se guardó como Arte Contemporáneo, Crítica Artística, Crítica de Arte, Estética, Filosofía, Historia del Arte y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Apolo, Dionisos y Francis Bacon

  1. Escribes muy bien, casi has conseguido que me guste la pintura de Bacon. Un saludo

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