Tutankamón en la cresta de la ola. La radiación del oro egipcio en la sociedad occidental contemporánea

  Ni las de Merlín ni las de Cristo. Tampoco las miles que contemplamos a diario cual atributo embellecedor facial del sexo masculino. Hoy, la barba más famosa del mundo es la de un niño.
Por supuesto, es postiza, fabricada en materiales preciosos, y forma parte del ajuar con el que Tutankamón, rey de las dos tierras bañadas por el Nilo, fue enterrado a una edad algo temprana hace más de 3,000 años.
Tras conocerse el desafortunado “acto de buena intención” sufrido por la máscara funeraria del célebre faraón al más puro estilo Cristo de Borja, Egipto y sus misterios vuelven a ponerse en boga a nivel internacional. La pregunta es, si alguna vez, la “egiptomanía” ha dejado de influenciar a la sociedad occidental contemporánea.

  Todo fenómeno tiene un inicio, de índole bélica en esta ocasión. Napoleón quiso complicar las cosas a los británicos en su ruta hacia la India con el intento de conquistar determinados territorios que permitieran un control francés de dicho recorrido colonialista. En 1798 da comienzo la campaña emprendida en Egipto y Siria por parte del dictador, acompañado no solo por el ejército y las fuerzas de inteligencia y estrategia. Entre el numeroso grupo se encontraban expertos en materias arqueológicas y geológicas, encargados estos de la inspección y estudio de los restos que la cultura faraónica dejó para la posteridad en el desierto.
Un año después, el capitán Pierre-François Bouchard se anota el tanto de ser el descubridor del hallazgo más importante hasta esa fecha en cuestiones egiptológicas: la piedra Rosetta, la cual, cayó en manos inglesas cuando las tropas napoleónicas son derrotadas en 1801.

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La piedra Rosetta, redactada en el año 196 a.C bajo las órdenes de Ptolomeo V. Origen: Memfis. Granodiorita. British Museum

  Los departamentos de lingüística de las universidades europeas se empecinaron en resolver el enigma de la estela compuesta por inscripciones de tres naturalezas diferentes, hasta que Champollion da con el resultado en 1822.
El entender los jeroglíficos del Antiguo Egipto supuso una apertura de información sin parangón sobre estos pueblos que habitaron el Mediterráneo oriental, desembocando tal impacto en la organización de exposiciones que literalmente engancharon a un público ávido de curiosidad por lo desconocido; el siempre estimulante morbo.

  Los autores del momento se refugiaron en conceptos pesimistas que serán trasladados a la narrativa, la poesía o la pintura en modo alegórico, véanse la decadencia de la raza humana, o la insignificancia del individuo frente a estados emocionales a veces incontrolables como la soledad. Esto lleva al escapismo, por lo que trataron de evadirse en mundos idílicos construidos a partir del intelecto. Los románticos lo tuvieron claro. El referente: las latitudes que fueran más allá del Mar Egeo.
Nace el orientalismo, el gusto por las culturas consideradas exóticas, aplicado a la investigación científica, a las artes, y a la vida misma.
Delacroix e Ingres crean sus Odaliscas, originarias de Marruecos y Turquía respectivamente, mientras que Cabanel ve en Cleopatra a la perfecta femme fatal.

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Eugène Delacroix, Mujeres de Argel en sus aposentos, 1834. Óleo sobre lienzo. Museo del Louvre

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Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814. Óleo sobre lienzo. Museo del Louvre

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Alexandre Cabanel, Cleopatra probando venenos en prisioneros condenados, 1887. Óleo sobre lienzo. Musée des beaux-arts de Béziers

  Gracias a la Revolución Industrial, el emprender un viaje al extranjero ya no era un asunto puramente aristocrático, teniendo los artistas la oportunidad de conocer todo aquel lugar que se extrapolaba de sus fronteras de nacimiento o residencia.
A mitad de este revolucionario siglo, las almas aventureras portaron en su equipaje unas incómodas y pioneras cámaras fotográficas con las que retener “para siempre” toda genuina vista aparecida ante sus ojos. Para el recuerdo quedaron las instantáneas de Maxime Du Camp, quien se trasladó a países como Egipto, siguiendo los pasos de una primeriza pero fructuosa arqueología.
Los colosos sedentes de Ramsés II que custodian Abu Simbel, aún cubiertos por la arena en ese entonces, arriban a lindes europeas en forma de imagen sobre papel, quedando el continente bajo la obnubilación que inflige una visión “real” de esas titánicas construcciones que continúan en pie después de milenios.

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Maxime Du Camp, Templo de Ramsés II, Abu Simbel, c.1850

  Cumplido justo una centuria desde que la piedra Rosetta es exhibida en el British Museum, Howard Carter da con la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, esto es en 1922.
Nunca una excavación arqueológica tuvo antes tanta trascendencia, pues el espacio sagrado de la momia se encontró prácticamente intacto. Tras muchas pugnas entre Carter, la hija de su socio (igualmente presente en el instante del milagroso encuentro con el pasado) y las autoridades estatales egipcias, la máscara de oro más reproducida en las enciclopedias −con todos los respetos a Agamenón− es mostrada en el Museo de El Cairo algunos años más tarde.

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  Los “Tesoros de Tutankamón” desembocaron en otra potente oleada de fanatismo por la egiptología, llegando a influenciar a los diseños Art Déco de principios del XX. También los masones echaron mano de la tendencia egiptizante, custodiando sus edificios con esfinges protectoras.
Egipto conquista el Hollywood clásico, mostrando su faceta palaciega, de vida placentera para los que viven entre sus muros, ocupando el grueso poblacional el papel de esclavos. La película protagonizada por la Taylor encarnando a la reina más célebre de todos los tiempos, sigue encabezando el ranking de las cintas con mayor presupuesto empleado en decorados y atrezo de la Historia del cine.

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Elizabeth Taylor en Cleopatra. Joseph L. Mankiewicz, 1963

  Cuando se creía que los iconos egipcios habían caído en lo kitsch, reservados para las arquitecturas privadas de los narcotraficantes, los hoteles de Las Vegas y los disfraces de carnaval o Halloween, John Galliano devuelve el esplendor que antaño retuvo el país pagano bajo la mirada del occidental. Osiris, Horus y Anubis desfilan para la colección primavera-verano 2004 que Christian Dior ofrece en versión Haute Couture, cubiertas las divinidades por telas doradas y enjoyadas con escarabeos.

  Cual seres supersticiosos, hoy día se recurre a los símbolos egipcios más rimbombantes a la hora de tatuarse la piel. Las efímeras modas son las que en la actualidad portean los conocimientos que a rasgos se tienen popularmente de aquellas tierras gobernadas por dinastías pues, ¿quién no posee entre sus amistades a una persona con un gato esfinge en casa como mascota?

  A todas estas, palabras utilizadas en este post como egiptomanía, egiptizante y escarabeo, no están recogidas por el diccionario de la RAE. Una lástima. Lástima también el uso del adhesivo instantáneo industrial con el que el operario del museo intentó solventar el accidente perpetrado en el áureo rostro de Tutankamón mientras cambiaba la bombilla de la vitrina que conserva el objeto histórico-artístico. Aunque en meras anécdotas quedan estas dos tristes noticias al recordar la reciente situación política, económica y social de la que fuera una de las “grandes potencias” del Mundo Antiguo.

David RafaelNoSanzio

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El germen de la polémica: la desdichada restauración de la barba

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Motivos decorativos Art Déco. Horus. Primera mitad del siglo XX

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Esfinge, Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife. Inauguración del edificio: 1902

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John Galliano para Christian Dior, Spring – Summer 2014, Haute Couture

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